La música de Queen nunca morirá La banda inglesa liderada por Freddie Mercury marcó un antes y un después en la másica rock. Famosos admiradores confiesan su adicción ante el lanzamiento de la colección completa de su discografía
Auténtico. Mercury en una de sus conocidas poses, en un concierto benéfico celebrado en Londres en 1985.
En plena actuación
"Así debía cantar Zaratustra", escribía Rohinton Mistry –el mejor escritor parsi– sobre Faroukh Bulsara, alias Freddie Mercury. Para los zoroastras el ánico sentido de la vida es su celebración en un sentido hedonista. Freddie así lo entendió. Hasta llegar al paroxismo. Como si hubiera sido una revelación del dios Mazda.
Hasta su madre Jer aseguró que su hijo nació el primer día del calendario parsi, un 5 de septiembre de 1946. Además fue investido parsi en el Templo del Fuego de su ciudad natal Stone Town (Zanzíbar, Tanzania) a los siete años.
Cuando murió el 24 de noviembre de 1991, en su funeral un sacerdote zoroastra ofició la ceremonia ante sus grandes amigos Elton John y David Bowie. No era precisamente una tumba, porque sigue sin saberse el sitio exacto donde se encuentran sus restos. Mary Austin, su heredera, amante y gran amiga, que todavía vive en Garden Lodge, (Kensington, Londres) asegura que Freddie no quería que nadie lo supiera. La versión oficial es que sus cenizas se esparcieron en el lago suizo de Montreaux. Pero, ¿quién quiere vivir para siempre? como decía una de sus canciones.
Está demostrado, incluso a través del ADN, que los parsis proceden del norte de Irán, son viejos descendientes de los persas. Una de las ciudades santas de los parsis es Bulsara, el apellido original de Freddie. Quizá por eso, hace sólo tres años, el régimen iraní de Ahmadinejad toleraba oficialmente la másica de Queen. Son los ánicos artistas occidentales que no están prohibidos. Y Bohemian Rhapsody es una especie de himno para los iraníes.
Metamorfosis. ¿Cómo era Freddie? No había ningán parecido entre el que conocí en los años 70 y el que me encontré la áltima vez que lo vi, en Ibiza, a finales de mayo del año 87 ,cuando cantó en la discoteca KU su famosa Barcelona con Montserrat Caballé.
Freddie había decidido pasar unas vacaciones en Ibiza. El batería de Queen, Roger Taylor, tenía una casa en San Antonio, y Pino Sagliocco, el gestor del festival anual Ibiza'92, mantenía unas relaciones fantásticas con John Reid, mánager de Queen. Entre todos convencieron a Samaranch para que Barcelona se convirtiera en el himno oficial de los Juegos Olímpicos del 92.
En aquella noche ibicenca, a pesar de la excitación por cantar con la Caballé, Freddie ya no era el agotador y agitador cantante epicáreo y promiscuo. Muy lejos quedaba la famosa bacanal que organizó una vez en Mánich –y que duró un par de días– cuando cumplió 39 años. Era como si en esos momentos quisiera sentar la cabeza.
Ahora sé la razón por la cual Freddie había perdido esa energía delirante, esa magia de devorador de la vida con la que me había encontrado, por ejemplo, en Nueva Orleans, cuando se le ocurrió presentar el álbum Jazz con más de 200 chicas desnudas en el hotel Fairmont, en aquella noche de Halloween del 78.
Segán el libro Mercury and me, de Jim Hutton, su amante en sus áltimos seis años de vida, fue en la primavera de aquel fatídico año 87 cuando le diagnosticaron el sida. Freddie y Jim, tras grabar Barcelona, pensaron que lo mejor era viajar a Ibiza y pasar unas vacaciones.
Freddie ocultó el diagnóstico a todo el mundo por miedo a lo que pensarían sus padres, su hermano, el resto del grupoÉ Sólo un día antes de su muerte publicó un comunicado oficial en el que reconocía su enfermedad. Todas las asociaciones del sida le criticaron por ello, porque si lo hubiera anunciado en el momento que conoció la noticia se habría prevenido bastante más la enfermedad y se hubiera dedicado más dinero a la investigación. Pero† la primera gran estrella del rock víctima de esta dolencia tardó más de cuatro años en reconocerlo.
¿Por qué? Quizá por ser zoroastra, por su religión o, simplemente, para desviar la atención en su sentido hedonista de la vida. Tenía razones para ocultar el drama. Debido a su homosexualidad, su ciudad natal en la isla de Zanzíbar, dominada por el islam, prohíbe cualquier identificación con Freddie. Pude comprobarlo por mí mismo hace unos pocos años, cuando viajé a Stone Town. Tras muchas vueltas, encontré la calle y el edificio donde nació, más bien guiado por una biografía en la que se decía que su padre trabajaba en el edificio colonial del puerto de la ciudad, a sólo dos calles.†En la actualidad, la casa está repleta de vecinos. Todo está degradado por la humedad y cuesta muchas preguntas confirmar que nació en el segundo piso del inmueble.
Preguntas a ††los vecinos y nadie quiere darte ni razones ni explicaciones. Sólo que allí vivió hace muchos años una familia parsi de apellido Bulsara. Sí, alguna vez vivió allí el famoso cantante de Queen. De hecho, la ciudad todavía no tiene un sola señal de que Freddie hubiera nacido allí. El dueño del actual bar Zanzíbar en Stone Town quiso hacer un festival en el 60 aniversario del nacimiento del cantanteÉ pero las autoridades se lo prohibieron.
El propio Freddie siempre trató de esconder su origen parsi, su educación en Panchgani, no muy lejos de Bombay, La India, su religión zoroastra y hasta su homosexualidad. Mary Austin vivió seis años con él y no supo hasta el cuarto año de matrimonio que él tenía un amante estadounidense que era ejecutivo del sello Elektra.
Musicalmente, era un superdotado. Puede que sea el mejor cantante de la historia del rock. Su voz llegaba casi a un registro de cuatro octavas. Cuando hablaba tenía voz de barítono, pero cuando cantaba llegaba a ser un tenor puro, cristalino, y llegaba a la nota más inverosímil.
Era pianista desde los 8 años. Con 5, su tía le dio las primeras lecciones de piano en Zanzíbar. Tuvo su primer grupo, los Hectics, en La India, con sólo 10 años. Ya en Londres, en la Escuela de Arte de Ealing –donde tuvo como compañeros a Pete Townshend de los Who y al actual Rolling Stone, Ronnie Wood– sorprendía a todos con maravillosos dibujos al carbón. Estaba obsesionado con Jimi Hendrix y algunos de los dibujos del guitarrista son extraordinarios. Muchos de ellos, incluido uno dedicado a Paul McCartney, sólo se han conocido después de su muerte.
Vocación rock. En sus inicios pintaba y se ganaba la vida como vendedor de ropa de segunda mano en el ahora tristemente desaparecido Kensington Market, en Londres. Pero segán me contó un día el guitarrista Brian May, Freddie estaba obsesionado con ser una gran estrella de rock. Llegó a grabar una maqueta con un grupo llamado Wreckage, que todavía no se ha perdido. Era una especie de desarrollo del pop de los años 60, pero bastante más sofisticado. Como nadie quiso publicarla, formó un nuevo grupo que llamó Sour Milk Sea, pero tampoco funcionó. Ya estábamos en los comienzos de los 70.
En aquella época, los más atrevidos trataban de galvanizar una especie de rock más sofisticado que algunos empezaron a llamar rock sinfónico. Y Freddie conoció a los que iban a ser sus compañeros en Queen. Es decir, a Roger Taylor y Brian May, a través de un amigo comán, y que formaban un grupo llamado Smile.
A él aquella másica le parecía poco convincente y empezó a llevarlos hacia terrenos de rock más duro. Estaba claro que quería ser el cantante del grupo. En el entorno de la Escuela de Arte de Ealing le llamaban "La Reina". Y de ahí nació el nombre del grupo Queen cuando Roger y Brian decidieron que era el momento de tener un cantante como él. No mucho después se dejó su famoso moustache. Dijo que le encantaban Village People y que el bigote se lo había copiado a su cantante, Glenn Hughes.
Freddie escribió 10 de las 17 canciones de éxito de Queen. Entre ellas, obras maestras como Killer Queen, Bohemian Rhapsody, Somebody to love, We are the champions y Crazy little thing called love. Gran virtuoso, escribía canciones al piano en diferentes tonos y estilos. Pero también a la guitarra, con pocos acordes. Siempre decía que podía leer másica en el pentagrama.
Pero jamás pensó que sólo la másica cautivaría al gran páblico. Estaba convencido de que tendría que haber un toque teatral en todo lo que concernía a Queen. No paraba de ir al cine a buscar ideas...
Estaba obsesionado también con la ópera, como una pesadilla. Así, creó una insólita obra maestra del pop como Bohemian Rhapsody. Precisamente, acababa de ver una película de los hermanos Marx, Una noche en la ópera, y tenía una melodía extraña que cambiaba constantemente de acordes.
La grabación comenzó el 24 de agosto de 1975. En tres semanas estaba acabada, tras haber utilizado cuatro estudios diferentes. El tema enloqueció a todos. Brian me contó que todos los días se pasaban de 10 a 12 horas cantando. El productor Roy Thomas Baker usó hasta 48 pistas de voces, de 200 tomas diferentes, en un magnetófono analógico de sólo 24 pistas.
Pero el problema es que cuando terminaron la epopeya, el tema duraba casi seis minutos. ¿Quién iba a poner en la radio un tema que duraba tanto? Pero Freddie tuvo una idea. Le mandó una copia a su amigo el discjockey Kenny Everett advirtiéndole que no la pusiera en la radio, que sólo se la enviaba como regalo personal. Sabía que Everett no iba a resistir la tentación. No paró de ponerla y llegó al número uno.
Conjeturas. Se ha especulado mucho sobre la letra del tema. Muchos dicen que es la historia de un suicidio y que contenía referencias a El Extranjero, de Albert Camus. Otros aseguran que es una variación de un poema de Housman, pero Freddie siempre dijo que era el relato de un joven que había asesinado accidentalmente a otra persona y que, por tanto, vendía su alma al diablo.
Con Bohemian Rhapsody rompió todos los esquemas del pop. Contenía nada menos que seis partes diferentes: introducción, melodía, sólo de guitarra, ópera, rock y salida. Todo ello repleto de cambios en estilo, tono y tiempo. Suponía la obra de un genio o de un revolucionario.
Admirador de la Liza Minelli de Cabaret y de Aretha Franklin, una vez le dijo a la Caballé: "Olvídate de Puccini y todos los demás compositores de ópera. Todos ellos están muertos, pero yo estoy vivo, darling".
Bebió champán hasta el final aunque también le gustaba el vodka frío y la comida hindá. Y sus gatos persas no le dejaron nunca. Le daba tanta importancia a la ropa sólo cuando subía a un escenario. Allí era feliz, a pesar de su timidez. Como decía Nietzche en Así hablaba Zaratustra: "Muertos están todos los dioses, ahora queremos que viva el superhombre". Julián Ruiz, productor musical y periodista, conoció personalmente a Freddie Mercury.
martes, noviembre 04, 2008
Los últimos guerreros nómadas
RESERVA MASAI MARA (KENIA)Ajenos todavía al devenir del tiempo, los masai siguen custodiando sus reses en las llanuras de la sabana como hicieran hace siglos sus antepasados, descendientes del dios Lengai.
ÁFRICA TRIBAL
Los últimos guerreros nómadas
Kenia es una impresionante ristra de colmillos y cuernos arrastrándose a paso cadencioso por la sabana. Y el típico 4x4 enmarcado en una postal de safari. También un charlatán venido del campo a la capital para recitar (entre aspavientos, melodramáticas entradas en trance y una veintenta de clientes enfervorizados) las bondades de un...
por ISABEL GARCÍA fotografías de JOAQUÍN RUIZ
Los guerreros masai o 'moranis' dan la bienvenida a los visitantes con una danza típica en la que muestran su agradecimiento por la vida al dios Lengai que, según ellos, habita en una montaña sagrada.
...mejunje de aspecto infumable y dudosos efectos milagrosos. O un cartel publicitario, en medio de una más que frondosa rotonda, del culebrón latino de turno. Hace unos meses triunfaba Rubí. Ahora Nunca te diré adiós. A las 8:05 p.m. From Monday to Friday. Incluso hay hueco en este país del África oriental y 30 millones de habitantes para finos hoteles de reminiscencias coloniales. No en vano, se independizó de Reino Unido hace no tanto, en 1963. E insaciables vendedores ambulantes, trattorie, máscaras de guerreros, elefantes de ébano, una de las mayores fallas del mundo, la del Valle del Rift...
Pero si hablamos de sus gentes, hay una tribu que Occidente identifica rápido con Kenia, pese a no representar más del 2% de la población: los llamativos masai. Espigados, de aspecto atlético y bello porte, se trata de uno de los escasos pueblos en el mundo que continúa siendo nómada, aunque su hábitat se reduce ya a las llanuras abiertas del suroeste del país, cerca de la frontera con Tanzania, allá donde emerge auténtica la imagen típica de la sabana africana. Campos color oro, elegantes acacias, polvo, camino, esplendor...
Los guerreros masai (o moranis, como se denomina a los jóvenes antes de llegar a adultos) viven del pastoreo, se rigen por la salida y puesta del sol y raras veces matan a los animales para comerlos. Más bien al contrario: disponer de un nutrido ganado lo identifican como un símbolo de riqueza, por lo que no rehúsan recurrir a la caza. A más vacas, cabras y ovejas, más respeto en el clan. Así de simple.
Los masai también se caracterizan por ser orgullosos y aguerridos. Y es que ellos son los elegidos del dios Lengai, que reside en lo alto del volcán Ol'Donyo'. Ya lo dice la leyenda: Lengai tenía tres hijos, y a cada uno le regaló un utensilio. Al primero, una flecha para cazar; al segundo, una azada para arar y al tercero, un bastón para conducir al rebaño. Este último es el padre de los masai y, según ellos, tal reparto les da derecho a apropiarse de todo el ganado existente sobre la faz de la Tierra. Y lo cumplen...
EXPULSADOS DE SU TIERRA. Por eso, es fácil verles deambular entre animales por las áridas tierras que lindan con la Reserva Nacional de Masai Mara, la más popular de África oriental, ubicada a 250 kilómetros de Nairobi. Allí habitan desde tiempo inmemorial, cuando llegaron procedentes del sur de Sudán. Sin embargo, tuvieron que abandonar sus tierras a comienzos del siglo pasado invitados por las autoridades británicas. Pudieron regresar cuando la zona fue declarada Reserva Nacional en 1961 para evitar la caza desaforada.
En realidad, el territorio no deja de ser la prolongación del Parque Serengeti de Tanzania (juntos ocupan 24.860 km2) y, de hecho, ninguna valla señala la división. La fauna que campa por estos pastos es la misma en ambos lados (rinocerontes, hipopótamos, elefantes, gacelas de Thomson y de Grant, hienas, chacales...).
Pero el verdadero espectáculo tiene como protagonistas a los ñus, que de julio a octubre migran en riadas desde Serengeti al Masai Mara escapando de la sequía. Se han llegado a contar millón y medio de ñus azules de barbas blancas, seguidos de miles de cebras y gacelas. Es posible contemplar la ceremonia hospedado en la treintena de lujosos lodges de la reserva. O si no, en los campamentos de tiendas de campaña permanentes u ocasionales.
El camino desde la capital keniata hasta el terreno masai es tortuoso e imposible si no es a lomos de un potente todoterreno (advertencia: obligatorio llevar varias ruedas de repuesto). Al poco tiempo de abandonar la capital y, tras dejar atrás los bosques tropicales que la rodean, la carretera literalmente desaparece para dar paso a una ruta empedredada y polvorienta que dura cinco horas. Merece la pena.
El paisaje de la sabana africana no deja de sorprender al turista, que se divierte observando, desde el coche, las peleas de ñus allá a lo lejos. O los chorros de vapor que desprende el volcán Suswa. O las plantaciones de té y caña de azúcar que cubren de un tono esmeralda centenares de hectáreas. Las de café también salpican el paisaje, pero la competencia del mercado latino y el hecho de que su recolección se dé a los seis meses (y el del té tras uno) está haciendo mella en su cultivo. Simplemente, se decantan por lo más rentable a corto plazo.
Cuando el jeep se acerca a Narok, la capital comercial de los masai, el panorama cambia. Las grandes extensiones de tierra dejan paso a incesantes puestos callejeros en los que se vende de todo: desde repuestos para ajadas bicicletas a conejos y utensilios de latón, pasando por fruta fresca, especias diversas y zapatos marchitos. La foto se completa con reiteradas estaciones de servicio (es el camino obligado hasta la Reserva Masai), anuncios de Safaricom (la mayor compañía de telefonía del país) y colegiales de uniforme verde y pantalón corto que saludan con una tímida sonrisa.
Es a las afueras de Narok, entre las aldeas desperdigadas de Sekenati, donde los guerreros masai reaparecen rodeados de sus reses. Hasta 100 kilómetros pueden recorrer en un día (sin comer y sin beber) con tal de alimentar a sus animales. Eso sí, siempre acompañados de un rudimentario bastón de madera (rungu u o'ringa en su lengua natal, el maa, originario del curso alto del Nilo) y un puñal.
El rojo vivo de su vestimenta permite distinguirles a lo lejos. No es más que una manta (swuka) que se anuda al cuello cubriendo todo el cuerpo. A un elefante le basta oler esta prenda para detectar el peligro, ya que los masai demuestran su virilidad atacando a estos animales. Aunque su valor depende del león, contra el que deben enfrenterse, al menos, una vez en la vida para convertirse en un adulto. Es el rito de iniciación obligado. Ese periodo de prueba dura cuatro años, durante los cuales no deben pisar su poblado.
LEONES COMO TROFEO. Samson, de apenas 20 años, ya ha pasado por esa etapa y muestra orgulloso la melena del león que derrotó, mientras chapurrea algunas palabras en inglés aprendidas por necesidad para relacionarse con los turistas (a cambio de unos chelines keniatas o dólares) o con sus compatriotas en los pueblos más grandes. El contacto con las instituciones públicas es, en cambio, inexistente. Alto, sonriente, erguido, le rodea el resto de moranis de la tribu (siete) dispuestos a iniciar la danza de bienvenida al extranjero, que se impresiona con el festival de colores que, de improviso, surge en medio de la nada.
Al fondo, se divisan las chozas del pequeño poblado (manyatta en maa), dispuestas siempre en forma circular. En el medio, fango y más fango se confunde con las boñigas secas de las vacas, el mismo material, mezclado con paja, con el que fabrican las chabolas.
En fila, todos los guerreros (muchos son hermanos, ya que el padre de Samson tiene ocho mujeres) empuñan su puñal y comienzan a saltar de forma obstinada. Sus movimientos hacen menear tanto los collares multicolores de mil vueltas como los brazaletes y los aretes que penden de sus orejas perforadas hasta un palmo. Para caminar se las enrollan a modo de ovillo. No es un símbolo de valentía o excentricidad, sino de coquetería, otra seña de identidad de esta raza. También lo son las quemaduras hechas en carne viva que decoran sus brazos de principio a fin. «Les gusta cómo queda, les parece muy bonito», explica el guía.
Su carácter presumido también permite a los hombres llevar el pelo largo, recogido en una especie de moño ungido en fango y grasa. Las mujeres, en cambio, deben raparse la cabeza. Algunos dicen que para restarles atractivo. Otros, por comodidad. Tras el ritual masculino, se inicia el de ellas. Son siete y todas llevan cinturón, símbolo de que están casadas, igual que la alianza en Occidente. Llama la atención que, tras la explicación anterior, la tercera de la fila lleve el pelo largo. "Acaba de ser madre y debe esperar tres meses para cortar el pelo a su hijo por primera vez; luego se lo cortará ella para siempre", traduce el guía.
Las mujeres son las encargadas de buscar leña, cocinar y cuidar de los niños que, desde lejos, miran divertidos a los visitantes mientras algunos, descalzos y curiosos, mordisquean un mendrugo impasibles al ejército de moscas que les acechan. Los mayores se preocupan de los pequeños. La precaria escuela se divisa remotamente.
Las féminas también construyen sus diminutas casas (tardan tres meses) porque, en el fondo, saben que serán las dueñas. Hasta que se caigan, no mucho después de tres años. El marido podrá utilizar tantas viviendas como esposas tenga, pero ninguna será suya. Es decir, podrá casarse tantas veces quiera (nunca con alguien de su misma sangre) siempre que tenga suficientes animales para alimentar a sus mujeres. Y pagar la dote de reses obligatoria en todo matrimonio. En esto de la poligamia (masculina, claro) los masai no son una excepción en Kenia. Al revés: es una práctica permitida por el Gobierno y extendida entre la población. ¿Excusa repetida? Cuanto más grande sea la familia, más fácil será que algún pariente te ayude si tienes un problema...
POLIGAMIA Y ABLACIÓN. La ablación es caso aparte. Ilegal es, pero grupos como éste la siguen practicando justo después de la primera regla. Es más, es una condición sine qua non para pasar de niña a mujer, ya que la figura de muchacha no existe. De pertenecer a su padre lo hacen a su marido.
Dada su condición de nómadas, los masai no tienen reparos en quemar el poblado si creen que están siendo víctimas de la mala suerte. Así lo piensan si, por ejemplo, mueren dos jóvenes del clan en un periodo de tiempo corto y sin motivo aparente. Entonces, destruyen todo en señal de purificación y se van. Tampoco entierran a nadie porque deberían honrar su memoria en un lugar fijo. Y no es ésa su filosofía. Prefieren despedirle con un ritual y cubrir su cuerpo con sangre y manteca. Incluso practican la eutanasia cuando los venerados ancianos no pueden más.
Uno de los moranis invita amigablemente a conocer su guarida. Nada más entrar, en el medio, hay piedras para el fuego. A un lado, el corral para los animales. Al otro, dos barracones y un pequeño habitáculo para depositar los aperos. No hay ventanas; sólo agujeros. No se entiende cómo pueden vivir allí dentro, sin luz, sin nada, pero es que sólo duermen. Y la oscuridad impide la llegada masiva de moscas, como pasa en el exterior.
El almuerzo se realiza fuera en el caso de las mujeres y los niños. Los varones no pueden ver comer a ninguna ni probar nada que hayan tocado, por lo que se alejan de la aldea. El sustento se basa en cereales, fruta y una mezcla viscosa de leche y sangre cruda de animal. El joven guerrero insta a degustarla en un puchero, pero la inmersión del visitante aún no es suficiente...
Una costumbre más de esta bella tribu que se despide invocando de nuevo a su Dios para que guíe los pasos de los que acaban de ser sus huéspedes
ÁFRICA TRIBAL
Los últimos guerreros nómadas
Kenia es una impresionante ristra de colmillos y cuernos arrastrándose a paso cadencioso por la sabana. Y el típico 4x4 enmarcado en una postal de safari. También un charlatán venido del campo a la capital para recitar (entre aspavientos, melodramáticas entradas en trance y una veintenta de clientes enfervorizados) las bondades de un...
por ISABEL GARCÍA fotografías de JOAQUÍN RUIZ
Los guerreros masai o 'moranis' dan la bienvenida a los visitantes con una danza típica en la que muestran su agradecimiento por la vida al dios Lengai que, según ellos, habita en una montaña sagrada.
...mejunje de aspecto infumable y dudosos efectos milagrosos. O un cartel publicitario, en medio de una más que frondosa rotonda, del culebrón latino de turno. Hace unos meses triunfaba Rubí. Ahora Nunca te diré adiós. A las 8:05 p.m. From Monday to Friday. Incluso hay hueco en este país del África oriental y 30 millones de habitantes para finos hoteles de reminiscencias coloniales. No en vano, se independizó de Reino Unido hace no tanto, en 1963. E insaciables vendedores ambulantes, trattorie, máscaras de guerreros, elefantes de ébano, una de las mayores fallas del mundo, la del Valle del Rift...
Pero si hablamos de sus gentes, hay una tribu que Occidente identifica rápido con Kenia, pese a no representar más del 2% de la población: los llamativos masai. Espigados, de aspecto atlético y bello porte, se trata de uno de los escasos pueblos en el mundo que continúa siendo nómada, aunque su hábitat se reduce ya a las llanuras abiertas del suroeste del país, cerca de la frontera con Tanzania, allá donde emerge auténtica la imagen típica de la sabana africana. Campos color oro, elegantes acacias, polvo, camino, esplendor...
Los guerreros masai (o moranis, como se denomina a los jóvenes antes de llegar a adultos) viven del pastoreo, se rigen por la salida y puesta del sol y raras veces matan a los animales para comerlos. Más bien al contrario: disponer de un nutrido ganado lo identifican como un símbolo de riqueza, por lo que no rehúsan recurrir a la caza. A más vacas, cabras y ovejas, más respeto en el clan. Así de simple.
Los masai también se caracterizan por ser orgullosos y aguerridos. Y es que ellos son los elegidos del dios Lengai, que reside en lo alto del volcán Ol'Donyo'. Ya lo dice la leyenda: Lengai tenía tres hijos, y a cada uno le regaló un utensilio. Al primero, una flecha para cazar; al segundo, una azada para arar y al tercero, un bastón para conducir al rebaño. Este último es el padre de los masai y, según ellos, tal reparto les da derecho a apropiarse de todo el ganado existente sobre la faz de la Tierra. Y lo cumplen...
EXPULSADOS DE SU TIERRA. Por eso, es fácil verles deambular entre animales por las áridas tierras que lindan con la Reserva Nacional de Masai Mara, la más popular de África oriental, ubicada a 250 kilómetros de Nairobi. Allí habitan desde tiempo inmemorial, cuando llegaron procedentes del sur de Sudán. Sin embargo, tuvieron que abandonar sus tierras a comienzos del siglo pasado invitados por las autoridades británicas. Pudieron regresar cuando la zona fue declarada Reserva Nacional en 1961 para evitar la caza desaforada.
En realidad, el territorio no deja de ser la prolongación del Parque Serengeti de Tanzania (juntos ocupan 24.860 km2) y, de hecho, ninguna valla señala la división. La fauna que campa por estos pastos es la misma en ambos lados (rinocerontes, hipopótamos, elefantes, gacelas de Thomson y de Grant, hienas, chacales...).
Pero el verdadero espectáculo tiene como protagonistas a los ñus, que de julio a octubre migran en riadas desde Serengeti al Masai Mara escapando de la sequía. Se han llegado a contar millón y medio de ñus azules de barbas blancas, seguidos de miles de cebras y gacelas. Es posible contemplar la ceremonia hospedado en la treintena de lujosos lodges de la reserva. O si no, en los campamentos de tiendas de campaña permanentes u ocasionales.
El camino desde la capital keniata hasta el terreno masai es tortuoso e imposible si no es a lomos de un potente todoterreno (advertencia: obligatorio llevar varias ruedas de repuesto). Al poco tiempo de abandonar la capital y, tras dejar atrás los bosques tropicales que la rodean, la carretera literalmente desaparece para dar paso a una ruta empedredada y polvorienta que dura cinco horas. Merece la pena.
El paisaje de la sabana africana no deja de sorprender al turista, que se divierte observando, desde el coche, las peleas de ñus allá a lo lejos. O los chorros de vapor que desprende el volcán Suswa. O las plantaciones de té y caña de azúcar que cubren de un tono esmeralda centenares de hectáreas. Las de café también salpican el paisaje, pero la competencia del mercado latino y el hecho de que su recolección se dé a los seis meses (y el del té tras uno) está haciendo mella en su cultivo. Simplemente, se decantan por lo más rentable a corto plazo.
Cuando el jeep se acerca a Narok, la capital comercial de los masai, el panorama cambia. Las grandes extensiones de tierra dejan paso a incesantes puestos callejeros en los que se vende de todo: desde repuestos para ajadas bicicletas a conejos y utensilios de latón, pasando por fruta fresca, especias diversas y zapatos marchitos. La foto se completa con reiteradas estaciones de servicio (es el camino obligado hasta la Reserva Masai), anuncios de Safaricom (la mayor compañía de telefonía del país) y colegiales de uniforme verde y pantalón corto que saludan con una tímida sonrisa.
Es a las afueras de Narok, entre las aldeas desperdigadas de Sekenati, donde los guerreros masai reaparecen rodeados de sus reses. Hasta 100 kilómetros pueden recorrer en un día (sin comer y sin beber) con tal de alimentar a sus animales. Eso sí, siempre acompañados de un rudimentario bastón de madera (rungu u o'ringa en su lengua natal, el maa, originario del curso alto del Nilo) y un puñal.
El rojo vivo de su vestimenta permite distinguirles a lo lejos. No es más que una manta (swuka) que se anuda al cuello cubriendo todo el cuerpo. A un elefante le basta oler esta prenda para detectar el peligro, ya que los masai demuestran su virilidad atacando a estos animales. Aunque su valor depende del león, contra el que deben enfrenterse, al menos, una vez en la vida para convertirse en un adulto. Es el rito de iniciación obligado. Ese periodo de prueba dura cuatro años, durante los cuales no deben pisar su poblado.
LEONES COMO TROFEO. Samson, de apenas 20 años, ya ha pasado por esa etapa y muestra orgulloso la melena del león que derrotó, mientras chapurrea algunas palabras en inglés aprendidas por necesidad para relacionarse con los turistas (a cambio de unos chelines keniatas o dólares) o con sus compatriotas en los pueblos más grandes. El contacto con las instituciones públicas es, en cambio, inexistente. Alto, sonriente, erguido, le rodea el resto de moranis de la tribu (siete) dispuestos a iniciar la danza de bienvenida al extranjero, que se impresiona con el festival de colores que, de improviso, surge en medio de la nada.
Al fondo, se divisan las chozas del pequeño poblado (manyatta en maa), dispuestas siempre en forma circular. En el medio, fango y más fango se confunde con las boñigas secas de las vacas, el mismo material, mezclado con paja, con el que fabrican las chabolas.
En fila, todos los guerreros (muchos son hermanos, ya que el padre de Samson tiene ocho mujeres) empuñan su puñal y comienzan a saltar de forma obstinada. Sus movimientos hacen menear tanto los collares multicolores de mil vueltas como los brazaletes y los aretes que penden de sus orejas perforadas hasta un palmo. Para caminar se las enrollan a modo de ovillo. No es un símbolo de valentía o excentricidad, sino de coquetería, otra seña de identidad de esta raza. También lo son las quemaduras hechas en carne viva que decoran sus brazos de principio a fin. «Les gusta cómo queda, les parece muy bonito», explica el guía.
Su carácter presumido también permite a los hombres llevar el pelo largo, recogido en una especie de moño ungido en fango y grasa. Las mujeres, en cambio, deben raparse la cabeza. Algunos dicen que para restarles atractivo. Otros, por comodidad. Tras el ritual masculino, se inicia el de ellas. Son siete y todas llevan cinturón, símbolo de que están casadas, igual que la alianza en Occidente. Llama la atención que, tras la explicación anterior, la tercera de la fila lleve el pelo largo. "Acaba de ser madre y debe esperar tres meses para cortar el pelo a su hijo por primera vez; luego se lo cortará ella para siempre", traduce el guía.
Las mujeres son las encargadas de buscar leña, cocinar y cuidar de los niños que, desde lejos, miran divertidos a los visitantes mientras algunos, descalzos y curiosos, mordisquean un mendrugo impasibles al ejército de moscas que les acechan. Los mayores se preocupan de los pequeños. La precaria escuela se divisa remotamente.
Las féminas también construyen sus diminutas casas (tardan tres meses) porque, en el fondo, saben que serán las dueñas. Hasta que se caigan, no mucho después de tres años. El marido podrá utilizar tantas viviendas como esposas tenga, pero ninguna será suya. Es decir, podrá casarse tantas veces quiera (nunca con alguien de su misma sangre) siempre que tenga suficientes animales para alimentar a sus mujeres. Y pagar la dote de reses obligatoria en todo matrimonio. En esto de la poligamia (masculina, claro) los masai no son una excepción en Kenia. Al revés: es una práctica permitida por el Gobierno y extendida entre la población. ¿Excusa repetida? Cuanto más grande sea la familia, más fácil será que algún pariente te ayude si tienes un problema...
POLIGAMIA Y ABLACIÓN. La ablación es caso aparte. Ilegal es, pero grupos como éste la siguen practicando justo después de la primera regla. Es más, es una condición sine qua non para pasar de niña a mujer, ya que la figura de muchacha no existe. De pertenecer a su padre lo hacen a su marido.
Dada su condición de nómadas, los masai no tienen reparos en quemar el poblado si creen que están siendo víctimas de la mala suerte. Así lo piensan si, por ejemplo, mueren dos jóvenes del clan en un periodo de tiempo corto y sin motivo aparente. Entonces, destruyen todo en señal de purificación y se van. Tampoco entierran a nadie porque deberían honrar su memoria en un lugar fijo. Y no es ésa su filosofía. Prefieren despedirle con un ritual y cubrir su cuerpo con sangre y manteca. Incluso practican la eutanasia cuando los venerados ancianos no pueden más.
Uno de los moranis invita amigablemente a conocer su guarida. Nada más entrar, en el medio, hay piedras para el fuego. A un lado, el corral para los animales. Al otro, dos barracones y un pequeño habitáculo para depositar los aperos. No hay ventanas; sólo agujeros. No se entiende cómo pueden vivir allí dentro, sin luz, sin nada, pero es que sólo duermen. Y la oscuridad impide la llegada masiva de moscas, como pasa en el exterior.
El almuerzo se realiza fuera en el caso de las mujeres y los niños. Los varones no pueden ver comer a ninguna ni probar nada que hayan tocado, por lo que se alejan de la aldea. El sustento se basa en cereales, fruta y una mezcla viscosa de leche y sangre cruda de animal. El joven guerrero insta a degustarla en un puchero, pero la inmersión del visitante aún no es suficiente...
Una costumbre más de esta bella tribu que se despide invocando de nuevo a su Dios para que guíe los pasos de los que acaban de ser sus huéspedes
domingo, octubre 26, 2008
domingo, octubre 19, 2008
"Amo a espanya"
Siempre me ha costado mucho entender el patriotismo. Las proclamas del tipo "Amo España" (o Inglaterra, Escocia, Italia, Cataluña o Galicia, lo mismo da) me han sonado falsas y huecas, además de inverosímiles, porque nadie está capacitado para "amar" así, en bloque, un país entero, menos aún una metáfora o un concepto. Uno ama, como mucho, a unas cuantas personas a lo largo de su vida, sin que nos importen su lugar de nacimiento ni la lengua que hablen. Casi siempre se pertenece a un sitio por accidente. A ese sitio nos acostumbramos, sí, y durante un tiempo es nuestro único mundo. En él desarrollamos nuestros primeros afectos: creamos vínculos fuertes con algunas personas y paisajes, adquirimos hábitos que nos son gratos y que hasta pueden llegar a sernos indispensables. Por lo general nos sentimos cómodos, y bastaría con que nos viéramos condenados al exilio -como ha sucedido a tantos españoles a lo largo de la historia- para que echáramos desmedidamente en falta esos paisajes y esos hábitos. La mayoría de la gente vive donde vive porque se encontró allí al nacer y se incorporó a lo que ya estaba en marcha. Se instaló naturalmente y ya no se plantea moverse, a no ser que sienta un profundo descontento o aburrimiento, o sea inquieta y quiera hacer lo que antes se llamaba "conocer mundo", o vea que su lugar no es el adecuado para abrirse camino en su profesión. Pero todo es principalmente una cuestión de costumbre, y el amor tiene poco que ver en ello.
Esto es normal y comprensible, y lo es también la probable simpatía hacia un lugar que uno conoce bien y que, a diferencia de la mayoría, no equivale a un mero nombre o a una visita de pocos días. Conoce a sus habitantes o a una parte de ellos, y si el equipo de fútbol de la ciudad gana un partido, se alegra porque piensa que esos habitantes estarán contentos. Uno tiende a compartir las alegrías y penas de quienes le son cercanos. Pero también en la cercanía suele estar lo que uno más detesta, lo que le hace sufrir y la vida imposible. No hay odio mayor que el que tiene destinatario concreto, visible. Como sabemos allí donde se han padecido guerras civiles, es infinitamente más fiero y genuino el odio que se profesa a un individuo al que se ve a diario que el que se nos inculca hacia "los franceses" o "los americanos". Éstos son postizos, abstractos, impostados. Lo mismo sucede con esa clase de amores, y por eso quienes declaran "amar España" no dirían nunca que "aman a los españoles", que sería más propio. Es más, jamás he oído a un español decir semejante cosa, ni a un catalán otro tanto de los catalanes, ni a un vasco de los vascos, porque a la vuelta de la esquina se encontrarían con un ejemplo de lo contrario: "Qué mal me cae ese tipo", "A esa tía es que no la puedo ni ver".
También me resulta difícil enorgullecerme de mi tierra porque alguno de mis paisanos descuelle en algo. Si Nadal, Alonso o cualquier deportista español gana un trofeo, no logro sentir que eso me haga mejor en ningún aspecto: no he tenido en ello arte ni parte, y me parecería ridículo -además de demente- exclamar "Somos los mejores en tenis o en automovilismo" cuando jamás he sostenido una raqueta ni un volante. Y aunque sí lo hubiera hecho, no vería qué relación tenía eso con la habilidad o la pericia de unos jóvenes que no me han sido presentados. Si un cineasta español gana un Oscar, o un escritor el Nobel, no me puedo sentir en modo alguno partícipe de su reconocimiento particular, ni siquiera con el de mi gremio, y nada me resulta más patético que los periodistas que dicen "Éste es un triunfo para España", o los galardonados que sueltan "En mí se ha querido distinguir a toda la literatura española". ¿Cómo se me iba a distinguir a mí, por ejemplo, cuando se premió a Cela en Estocolmo, si considero su literatura rancia y de fogueo y estábamos en las antípodas?
Sólo comprendo el patriotismo, extrañamente, por la vía negativa, es decir, hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme. Los méritos de otros no me contagian ni me ennoblecen, y en cambio las ignominias sí me alcanzan. Hay individuos y hechos con los que por nada del mundo querría que se me asociara. Me avergüenza que mi región la gobierne alguien tan bruto como Esperanza Aguirre, que se gasta millón y medio de euros nuestros en una fiesta cutre suya y destruye el sistema sanitario. Me avergüenza que tengan poder decisorio Ibarretxe y Carod-Rovira, en el País Vasco y Cataluña, respectivamente. Que haya en Valencia un sujeto y Presidente llamado Camps que obliga -imbecilidad suprema- a que en sus escuelas se imparta una clase en supuesto inglés, con traductor a esa lengua incluido, para que ningún chaval entienda nada. Que a Zapatero le entre el pánico cada vez que ve a un obispo y para calmarse lo forre a billetes a cargo del contribuyente. Que nuestro poder judicial conozca sólo el chalaneo. O que las calles de mi país estén llenas de vociferantes unga-ungas que sirven de pretexto para la "protección de los grandes simios" decretada por nuestros congresistas. Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino. No es que me consuele, pero estoy segurísimo de no ser el único español que lo padece.
Javier Marías Para El País
19 de octubre de 2008.
Esto es normal y comprensible, y lo es también la probable simpatía hacia un lugar que uno conoce bien y que, a diferencia de la mayoría, no equivale a un mero nombre o a una visita de pocos días. Conoce a sus habitantes o a una parte de ellos, y si el equipo de fútbol de la ciudad gana un partido, se alegra porque piensa que esos habitantes estarán contentos. Uno tiende a compartir las alegrías y penas de quienes le son cercanos. Pero también en la cercanía suele estar lo que uno más detesta, lo que le hace sufrir y la vida imposible. No hay odio mayor que el que tiene destinatario concreto, visible. Como sabemos allí donde se han padecido guerras civiles, es infinitamente más fiero y genuino el odio que se profesa a un individuo al que se ve a diario que el que se nos inculca hacia "los franceses" o "los americanos". Éstos son postizos, abstractos, impostados. Lo mismo sucede con esa clase de amores, y por eso quienes declaran "amar España" no dirían nunca que "aman a los españoles", que sería más propio. Es más, jamás he oído a un español decir semejante cosa, ni a un catalán otro tanto de los catalanes, ni a un vasco de los vascos, porque a la vuelta de la esquina se encontrarían con un ejemplo de lo contrario: "Qué mal me cae ese tipo", "A esa tía es que no la puedo ni ver".
También me resulta difícil enorgullecerme de mi tierra porque alguno de mis paisanos descuelle en algo. Si Nadal, Alonso o cualquier deportista español gana un trofeo, no logro sentir que eso me haga mejor en ningún aspecto: no he tenido en ello arte ni parte, y me parecería ridículo -además de demente- exclamar "Somos los mejores en tenis o en automovilismo" cuando jamás he sostenido una raqueta ni un volante. Y aunque sí lo hubiera hecho, no vería qué relación tenía eso con la habilidad o la pericia de unos jóvenes que no me han sido presentados. Si un cineasta español gana un Oscar, o un escritor el Nobel, no me puedo sentir en modo alguno partícipe de su reconocimiento particular, ni siquiera con el de mi gremio, y nada me resulta más patético que los periodistas que dicen "Éste es un triunfo para España", o los galardonados que sueltan "En mí se ha querido distinguir a toda la literatura española". ¿Cómo se me iba a distinguir a mí, por ejemplo, cuando se premió a Cela en Estocolmo, si considero su literatura rancia y de fogueo y estábamos en las antípodas?
Sólo comprendo el patriotismo, extrañamente, por la vía negativa, es decir, hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme. Los méritos de otros no me contagian ni me ennoblecen, y en cambio las ignominias sí me alcanzan. Hay individuos y hechos con los que por nada del mundo querría que se me asociara. Me avergüenza que mi región la gobierne alguien tan bruto como Esperanza Aguirre, que se gasta millón y medio de euros nuestros en una fiesta cutre suya y destruye el sistema sanitario. Me avergüenza que tengan poder decisorio Ibarretxe y Carod-Rovira, en el País Vasco y Cataluña, respectivamente. Que haya en Valencia un sujeto y Presidente llamado Camps que obliga -imbecilidad suprema- a que en sus escuelas se imparta una clase en supuesto inglés, con traductor a esa lengua incluido, para que ningún chaval entienda nada. Que a Zapatero le entre el pánico cada vez que ve a un obispo y para calmarse lo forre a billetes a cargo del contribuyente. Que nuestro poder judicial conozca sólo el chalaneo. O que las calles de mi país estén llenas de vociferantes unga-ungas que sirven de pretexto para la "protección de los grandes simios" decretada por nuestros congresistas. Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino. No es que me consuele, pero estoy segurísimo de no ser el único español que lo padece.
Javier Marías Para El País
19 de octubre de 2008.
viernes, octubre 10, 2008
Los ramones y los fans argentinos
Los acosan a toda hora y en todo lugar. Pretenden huir del hotel por otra salida, pero es imposible. Los fans, que saben que es la última gira antes de la separación y tal vez no haya otra oportunidad para saludarlos, se arrojan en masa sobre la camioneta. Algunos tocan las ventanas. Otros, directamente, las golpean con los puños. Adentro, todos se ponen paranoicos. CJ siente adrenalina: para él, todo se convirtió en una aventura. Johnny piensa en voz alta lo oportuno que sería tener a mano un gas paralizante. Una chica le dice a Joey que lo ama y le pide un beso. El flaco duda y Marky le grita: “¡No abras la ventana!”. El micro se abre paso entre la multitud a pura velocidad y los músicos temen pisar a alguien. Muchos los siguen en taxi, otros en bicicleta y hasta algunos se animan a correr, pese a que llueve y el piso está resbaladizo. La escena se repite por cuadras y cuadras. “¡Por Dios, es imposible perderlos de vista!”, brama Johnny, como si nunca hubiese venido a la Argentina.
Es la postal común en la mayoría de los 26 shows que Ramones hizo en nuestro país. Esa beatlemanización que el público local sentía por los cuatro de Queens no tenía correlato en ningún otro rincón del planeta. Basta con chequear las tibias reacciones de los fanáticos del mundo en Raw, el DVD que el propio Marky editó con las imágenes de gira que registraba en handycam.
–En el DVD se los ve realmente asustados por el acoso de los fans argentinos. ¿Llegaste a temer por tu vida?
–Amo a los fans argentinos y nunca sentí miedo por ellos. Yo vivo cerca del World Trade Center de Nueva York y vi cómo se desplomaban las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Te juro que he visto con mis prismáticos gente tratando de volar. Estaban quemados, o directamente muertos. Olí carne humana, tela y metal quemado durante las dos semanas siguientes. Tuve que deshacerme de mi auto porque se llenó de hollín. A partir de eso, creo firmemente que debemos eliminar el miedo de nuestras vidas.
Página 12
9 de octubre de 2008.
Buenos Aires.
Es la postal común en la mayoría de los 26 shows que Ramones hizo en nuestro país. Esa beatlemanización que el público local sentía por los cuatro de Queens no tenía correlato en ningún otro rincón del planeta. Basta con chequear las tibias reacciones de los fanáticos del mundo en Raw, el DVD que el propio Marky editó con las imágenes de gira que registraba en handycam.
–En el DVD se los ve realmente asustados por el acoso de los fans argentinos. ¿Llegaste a temer por tu vida?
–Amo a los fans argentinos y nunca sentí miedo por ellos. Yo vivo cerca del World Trade Center de Nueva York y vi cómo se desplomaban las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Te juro que he visto con mis prismáticos gente tratando de volar. Estaban quemados, o directamente muertos. Olí carne humana, tela y metal quemado durante las dos semanas siguientes. Tuve que deshacerme de mi auto porque se llenó de hollín. A partir de eso, creo firmemente que debemos eliminar el miedo de nuestras vidas.
Página 12
9 de octubre de 2008.
Buenos Aires.
lunes, julio 28, 2008
Formosa, el Bañado La Estrella




FORMOSA CRONICA DE UNA VISITA AL BAÑADO LA ESTRELLA
En el reino del jabirú
El Bañado La Estrella es un humedal de 400 mil hectáreas, ubicado en el noroeste de la provincia. En esa increíble y extensa reserva natural habitan multiplicidad de especies que la convierten en uno de los lugares privilegiados del ecoturismo. Excursiones acuáticas y terrestres en las que se puede llegar a observar millares de aves en una sola tarde, junto con yacarés, carpinchos, grandes boas y la vistosa cigüeña jabirú.
Por Julián Varsavsky
En el viaje en micro desde la ciudad de Formosa a Las Lomitas escuché, por primera vez en diez años de andar recorriendo el país, a dos personas hablando en un idioma autóctono: el pilagá. Pero en tierra formoseña varios miles de personas hablan también en otros dos idiomas: el wichí y el toba. Más allá de que Las Lomitas fue conocida a nivel nacional como el lugar de confinamiento de Carlos Menem durante la dictadura militar, a este pueblo uno viene, básicamente, a mirar pájaros por millares.
Tranquilamente podría decirse que, para tomar algunas de las fotos que acompañan esta nota, el fotógrafo estuvo semanas enteras apostado con sus teles más poderosos –aguardando situaciones oculto en los pastizales–, con medio cuerpo dentro del agua y a merced de toda clase de fieras y serpientes. Sin embargo, la verdad sea dicha, en el Bañado La Estrella colocar la lente a medio metro de las fauces de un yacaré es poco menos que un juego de niños para un fotógrafo. Y quien quiera –y se atreva–, le puede sacar una foto con un macro a la pupila de un yacaré.
Centenares de jabirús revolotean entre los fantasmagóricos champales.
HACIA EL BAÑADO Partimos en vehículo 4x4 desde Las Lomitas bien temprano en la mañana para observar la mayor cantidad de pájaros posible. La camioneta toma rumbo norte por la ruta provincial 48 y en 30 minutos ya ingresamos al Bañado La Estrella, donde la misma ruta de ripio es un dique construido para detener el avance del humedal.
En apenas 10 minutos de avanzar por la ruta –con el humedal a los dos costados– ya observamos centenares de aves en absoluta libertad. La más llamativa de ellas es el jabirú, una cigüeña que alcanza el metro con cuarenta de altura y tiene la cabeza negra con un collar rojo y el cuerpo blanco. Esta ave es característica del Chaco Americano, pero en el bañado se la observa por centenares y muy a la vista, muchas veces paradas en lo alto de un champal.
Los champales son el rasgo más sobresaliente del llano paisaje del humedal, originado por los desbordes del río Pilcomayo sobre los bosques del Chaco seco, cuyos árboles fueron ahogados por las aguas. Sin embargo, la dura madera de los quebrachos colorados, los palos santo y los algarrobos han perdurado de pie, con sus tétricas enramadas sin hojas recortándose en el cielo del atardecer y duplicadas al revés en los espejos de agua. Pero lo más curioso es que muchos de estos esqueletos de árboles fueron invadidos por plantas trepadoras que los envolvieron en su totalidad y les dieron tanto volumen que de lejos dan la impresión de estar cubiertos por un manto verde igual que un fantasma. Champal es justamente el vocablo que en lengua pilagá nombra a los fantasmas.
Los champales son árboles ahogados y “colonizados” por plantas trepadoras que crean un nuevo ecosistema sobre el esqueleto de madera.
Lejos de ser tétricos, los paisajes de champales son alegres, bullangueros y llenos de vida. Gracias a los millares de pájaros de las 300 especies que habitan los bañados, cada amanecer y atardecer son ensordecedores conciertos de caóticos graznidos como el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja–, el silbido agudo y estridente del pájaro caracolero y el “gruñido” del biguá, similar al de un chancho. También se oye a veces el golpeteo a madera del pico de los jabirús, e incluso su aleteo, como el de aquellos dos que nos sorprendieron a 10 metros sobre nuestra cabeza, provocándose en el aire como buscando pelea.
Luego de caminar un poco al borde de la ruta y por las lenguas de tierra que ingresan unos metros en el bañado, es momento de navegar. Se puede elegir entre remar en piraguas –siempre que el grupo sea pequeño y tenga cierta experiencia– o en canoas con motor fuera de borda. Al avanzar la embarcación rasga por la mitad una alfombra verde de repollitos de agua, y más allá flotan unos extensos camalotales. En cierto momento se apaga el motor y es hora de remar un poco. Con sumo silencio para no espantar a las aves, nos acercamos a un champal con un nido de jabirú en lo alto, donde una madre alimenta a sus crías metiéndoles en el pico el pescado triturado que trae en el buche.
La presencia más intrigante del humedal es la del yacaré y el primero de ellos aparece junto a la costa, asoleándose como aletargado, con las fauces abiertas. El guía acerca la embarcación a la costa casi rozándole la cabeza con la proa al reptil, que parece petrificado como si esperara que alguien le acariciara la cola. Cinco metros más atrás, una ruidosa zambullida atrae nuestra atención y vemos salir de los pajonales a una pareja de yacarés que comienzan a deslizarse sobre las aguas, ondulando el cuerpo como las serpientes.
Con sus ojos apenas sobresaliendo del agua, los yacarés permanecen al acecho de algún festín.
A veces se ven varios yacarés, uno al lado del otro sobre la costa, como a la expectativa de un festín. Algunos llegan a medir hasta dos metros con cincuenta y a veces lanzan un soplido terrorífico que hiela la sangre. Otros permanecen sumergidos como asesinos al acecho y se los descubre a un metro de la lancha con sus ojos traicioneros sobresaliendo apenas en la superficie del agua.
Seguimos viaje y aparecen algunos carpinchos. Estos roedores son los más grandes del mundo y pesan hasta 80 kilos, ya que se pasan el día abocados a roer y roer los pastos con sus dos incisivos. Aquellos con mucha suerte podrán encontrar en el bañado a una boa curiyú enroscada en uno de los árboles secos, o si no verlas serpenteando bajo las aguas de poca profundidad del humedal. Bajo las transparentes aguas también se ven sábalos y pirañas, y en la costa es común observar a las cigüeñas jabirú pescando a los picotazos con las patas en el agua y el buche rojo inflado por el alimento. Otras especies comunes son el colorido pato picasso, las espátulas rosadas, un pajarito llamado monjita blanca, los negros biguás que posan con sus alas extendidas secándose al sol luego de una excursión de pesca, y miles de garzas brujas, moras y blancas.
Un simple bote a remo es el mejor vehículo para recorrer el Bañado La Estrella.
EL REFUGIO Luego de una navegación de dos horas regresamos al punto de partida que los guías llaman “el campo de Don Mario Rodríguez”. Allí Don Mario nos espera con un asado de cordero, empanadas de charqui, sopa paraguaya –un soufflé de harina de maíz con cebolla, queso y choclo– y mamón en almíbar con queso criollo para los postres. Después de una siesta de lujo en hamacas paraguayas al aire libre, emprendemos una caminata de tres kilómetros por el monte del Chaco seco. Allí abundan los quebrachos, los algarrobos, los palos santo y algunas orquídeas. Sobre ellos anidan los loros habladores y entre los pastizales andan las esquivas corzuelas –un pequeño cérvido–, los osos hormigueros gigantes y aves como el matico, con el cuerpo negro y la cabeza naranja.
A la hora de la merienda la guía sirve un bizcochuelo muy proteico de harina de algarrobo y explica que la harina la produce en la zona una comunidad wichí que recoge las chauchas secas en diciembre, las muele y después vende el producto en otras provincias, incluso en Buenos Aires. La excursión se puede terminar después de la merienda –volviendo al hotel en Las Lomitas–, o extenderla para dormir en el refugio de Don Mario, al final del sendero de tres kilómetros.
En el refugio –sin luz ni agua corriente aunque con baño– sólo hay bolsas de dormir bajo mosquiteros individuales. La gracia de dormir en medio de la naturaleza está en ser despertado en el monte por el caos ensordecedor de las aves en pleno alboroto matinal. Después de almorzar, una siestita. Y más tarde otra navegación para disfrutar del espectáculo del atardecer, cuando todas las aves del mundo parecen darse cita en el inabarcable humedal, que abarca 20 veces la Ciudad de Buenos Aires.
En el reino del jabirú
El Bañado La Estrella es un humedal de 400 mil hectáreas, ubicado en el noroeste de la provincia. En esa increíble y extensa reserva natural habitan multiplicidad de especies que la convierten en uno de los lugares privilegiados del ecoturismo. Excursiones acuáticas y terrestres en las que se puede llegar a observar millares de aves en una sola tarde, junto con yacarés, carpinchos, grandes boas y la vistosa cigüeña jabirú.
Por Julián Varsavsky
En el viaje en micro desde la ciudad de Formosa a Las Lomitas escuché, por primera vez en diez años de andar recorriendo el país, a dos personas hablando en un idioma autóctono: el pilagá. Pero en tierra formoseña varios miles de personas hablan también en otros dos idiomas: el wichí y el toba. Más allá de que Las Lomitas fue conocida a nivel nacional como el lugar de confinamiento de Carlos Menem durante la dictadura militar, a este pueblo uno viene, básicamente, a mirar pájaros por millares.
Tranquilamente podría decirse que, para tomar algunas de las fotos que acompañan esta nota, el fotógrafo estuvo semanas enteras apostado con sus teles más poderosos –aguardando situaciones oculto en los pastizales–, con medio cuerpo dentro del agua y a merced de toda clase de fieras y serpientes. Sin embargo, la verdad sea dicha, en el Bañado La Estrella colocar la lente a medio metro de las fauces de un yacaré es poco menos que un juego de niños para un fotógrafo. Y quien quiera –y se atreva–, le puede sacar una foto con un macro a la pupila de un yacaré.
Centenares de jabirús revolotean entre los fantasmagóricos champales.
HACIA EL BAÑADO Partimos en vehículo 4x4 desde Las Lomitas bien temprano en la mañana para observar la mayor cantidad de pájaros posible. La camioneta toma rumbo norte por la ruta provincial 48 y en 30 minutos ya ingresamos al Bañado La Estrella, donde la misma ruta de ripio es un dique construido para detener el avance del humedal.
En apenas 10 minutos de avanzar por la ruta –con el humedal a los dos costados– ya observamos centenares de aves en absoluta libertad. La más llamativa de ellas es el jabirú, una cigüeña que alcanza el metro con cuarenta de altura y tiene la cabeza negra con un collar rojo y el cuerpo blanco. Esta ave es característica del Chaco Americano, pero en el bañado se la observa por centenares y muy a la vista, muchas veces paradas en lo alto de un champal.
Los champales son el rasgo más sobresaliente del llano paisaje del humedal, originado por los desbordes del río Pilcomayo sobre los bosques del Chaco seco, cuyos árboles fueron ahogados por las aguas. Sin embargo, la dura madera de los quebrachos colorados, los palos santo y los algarrobos han perdurado de pie, con sus tétricas enramadas sin hojas recortándose en el cielo del atardecer y duplicadas al revés en los espejos de agua. Pero lo más curioso es que muchos de estos esqueletos de árboles fueron invadidos por plantas trepadoras que los envolvieron en su totalidad y les dieron tanto volumen que de lejos dan la impresión de estar cubiertos por un manto verde igual que un fantasma. Champal es justamente el vocablo que en lengua pilagá nombra a los fantasmas.
Los champales son árboles ahogados y “colonizados” por plantas trepadoras que crean un nuevo ecosistema sobre el esqueleto de madera.
Lejos de ser tétricos, los paisajes de champales son alegres, bullangueros y llenos de vida. Gracias a los millares de pájaros de las 300 especies que habitan los bañados, cada amanecer y atardecer son ensordecedores conciertos de caóticos graznidos como el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja–, el silbido agudo y estridente del pájaro caracolero y el “gruñido” del biguá, similar al de un chancho. También se oye a veces el golpeteo a madera del pico de los jabirús, e incluso su aleteo, como el de aquellos dos que nos sorprendieron a 10 metros sobre nuestra cabeza, provocándose en el aire como buscando pelea.
Luego de caminar un poco al borde de la ruta y por las lenguas de tierra que ingresan unos metros en el bañado, es momento de navegar. Se puede elegir entre remar en piraguas –siempre que el grupo sea pequeño y tenga cierta experiencia– o en canoas con motor fuera de borda. Al avanzar la embarcación rasga por la mitad una alfombra verde de repollitos de agua, y más allá flotan unos extensos camalotales. En cierto momento se apaga el motor y es hora de remar un poco. Con sumo silencio para no espantar a las aves, nos acercamos a un champal con un nido de jabirú en lo alto, donde una madre alimenta a sus crías metiéndoles en el pico el pescado triturado que trae en el buche.
La presencia más intrigante del humedal es la del yacaré y el primero de ellos aparece junto a la costa, asoleándose como aletargado, con las fauces abiertas. El guía acerca la embarcación a la costa casi rozándole la cabeza con la proa al reptil, que parece petrificado como si esperara que alguien le acariciara la cola. Cinco metros más atrás, una ruidosa zambullida atrae nuestra atención y vemos salir de los pajonales a una pareja de yacarés que comienzan a deslizarse sobre las aguas, ondulando el cuerpo como las serpientes.
Con sus ojos apenas sobresaliendo del agua, los yacarés permanecen al acecho de algún festín.
A veces se ven varios yacarés, uno al lado del otro sobre la costa, como a la expectativa de un festín. Algunos llegan a medir hasta dos metros con cincuenta y a veces lanzan un soplido terrorífico que hiela la sangre. Otros permanecen sumergidos como asesinos al acecho y se los descubre a un metro de la lancha con sus ojos traicioneros sobresaliendo apenas en la superficie del agua.
Seguimos viaje y aparecen algunos carpinchos. Estos roedores son los más grandes del mundo y pesan hasta 80 kilos, ya que se pasan el día abocados a roer y roer los pastos con sus dos incisivos. Aquellos con mucha suerte podrán encontrar en el bañado a una boa curiyú enroscada en uno de los árboles secos, o si no verlas serpenteando bajo las aguas de poca profundidad del humedal. Bajo las transparentes aguas también se ven sábalos y pirañas, y en la costa es común observar a las cigüeñas jabirú pescando a los picotazos con las patas en el agua y el buche rojo inflado por el alimento. Otras especies comunes son el colorido pato picasso, las espátulas rosadas, un pajarito llamado monjita blanca, los negros biguás que posan con sus alas extendidas secándose al sol luego de una excursión de pesca, y miles de garzas brujas, moras y blancas.
Un simple bote a remo es el mejor vehículo para recorrer el Bañado La Estrella.
EL REFUGIO Luego de una navegación de dos horas regresamos al punto de partida que los guías llaman “el campo de Don Mario Rodríguez”. Allí Don Mario nos espera con un asado de cordero, empanadas de charqui, sopa paraguaya –un soufflé de harina de maíz con cebolla, queso y choclo– y mamón en almíbar con queso criollo para los postres. Después de una siesta de lujo en hamacas paraguayas al aire libre, emprendemos una caminata de tres kilómetros por el monte del Chaco seco. Allí abundan los quebrachos, los algarrobos, los palos santo y algunas orquídeas. Sobre ellos anidan los loros habladores y entre los pastizales andan las esquivas corzuelas –un pequeño cérvido–, los osos hormigueros gigantes y aves como el matico, con el cuerpo negro y la cabeza naranja.
A la hora de la merienda la guía sirve un bizcochuelo muy proteico de harina de algarrobo y explica que la harina la produce en la zona una comunidad wichí que recoge las chauchas secas en diciembre, las muele y después vende el producto en otras provincias, incluso en Buenos Aires. La excursión se puede terminar después de la merienda –volviendo al hotel en Las Lomitas–, o extenderla para dormir en el refugio de Don Mario, al final del sendero de tres kilómetros.
En el refugio –sin luz ni agua corriente aunque con baño– sólo hay bolsas de dormir bajo mosquiteros individuales. La gracia de dormir en medio de la naturaleza está en ser despertado en el monte por el caos ensordecedor de las aves en pleno alboroto matinal. Después de almorzar, una siestita. Y más tarde otra navegación para disfrutar del espectáculo del atardecer, cuando todas las aves del mundo parecen darse cita en el inabarcable humedal, que abarca 20 veces la Ciudad de Buenos Aires.
sábado, julio 26, 2008
Guerra y paz
La imagen tiene poco menos de un siglo, pero los más oscuros pliegues de la condición humana siguen allí tan vivos como cuando los captó un fotógrafo anónimo, la madrugada del 4 de noviembre de 1910. La solitaria figura de una mujer madura, encaramada en puntas de pie sobre un cajón de madera, domina la escena. Es Sofia Andreievna, la esposa de León Tolstoi, quien trata de vislumbrar -espiando por la ventana de una cabaña perdida en la estepa rusa- el cuerpo agonizante de quien fue su marido durante cuarenta y ocho años y a cuya cama no puede acercarse por exigencia de los médicos, de los hijos y del propio Tolstoi.
El escritor había huido de su casa de Yásnaia Poliana una semana antes, abrumado por los incesantes requerimientos de Sofia (cuyo apodo era Sonia) para que le entregara los manuscritos sin publicar y los diarios íntimos en los que hablaba de ella. Desde hacía ya muchos años su matrimonio naufragaba en querellas cada vez más ásperas. La esposa no toleraba que Vasili Cherkov -un intrigante al que Tolstoi consideraba su mejor discípulo- se inmiscuyera en las peleas conyugales y de algún modo las estimulara. El escritor, a su vez, se negaba a mantenerlo apartado. Marido y mujer veían aquellas trifulcas como "una lucha a muerte" y en verdad lo eran. Se amaban, pero la vida en común los estaba destrozando.
Cuando Tolstoi se fugó de la casa familiar sin avisarle a nadie -salvo a su hija Sasha, a quien le pidió que lo acompañara- estaba enfermo de neumonía. Su temperatura oscilaba entre los 39°6 y los 40°. El pulso era irregular y la respiración, tan débil que Sasha, inquieta, le acercaba cada tanto un espejo a los labios para verificar que seguía vivo. Sentía ardores de estómago y ataques de hipo que no le daban tregua. Padre e hija atravesaron los campos helados en un trineo hasta la estación de tren, donde -para despistar- compraron pasajes a pequeños apeaderos de la línea del Sur. Tolstoi pretendía pasar inadvertido, pero no tenía idea de su inmensa fama. Cayó derrumbado en un vagón de segunda clase y le pidió a Sasha que le comprara los periódicos. Con horror descubrió que la historia de su fuga era el tema principal de las portadas. Nubes de reporteros seguían el rumbo del tren y los fotógrafos estaban al acecho en las estaciones.
Muy pronto, todos los pasajeros se enteraron de que Tolstoi viajaba con ellos y acudieron en masa a verlo. Sasha les rogó que se fueran para que su padre pudiera descansar. Apenas circulaba el aire en los vagones llenos de humo. El gobierno del zar Nicolás II había despachado también a varios policías de civil para que averiguaran las verdaderas intenciones de un pacifista venerado por los campesinos, al que la iglesia ortodoxa acababa de excomulgar negándole los sacramentos y el entierro religioso. A Tolstoi sólo le importaba que lo dejaran en paz.
Era ya entonces un gigante lleno de gloria y no habría otro que desatara entusiasmos tan tumultuosos. Ningún escritor, antes o después, conoció como él esos extremos de admiración. Cuando viajaba a Moscú y a San Petersburgo, las calles por las que pasaba estaban alfombradas de flores. Todos los extranjeros de renombre que llegaban a Rusia consideraban incompleta la peregrinación si Tolstoi no los recibía. Gandhi le escribió llamándolo "nuestro titán" y se declaró "humilde deudor de sus prédicas y doctrinas sobre la no violencia".
Todos los grandes creadores de la época, desde Thomas Hardy hasta George Bernard Shaw le hacían llegar cartas de admiración. Aunque Tolstoi fue siempre el candidato obvio para ganar el Premio Nobel, se apresuró a rechazarlo antes de que se lo dieran porque "no sabría -les escribió a los miembros de la Academia Sueca- cómo disponer de todo ese dinero, sobre todo cuando mis convicciones me indican que el dinero sólo produce mal".
Cuanto más vasta era su fama pública, mayor era también el infortunio de su intimidad. Se había casado en 1862, a los 34 años. Sofia Andreievna acababa de cumplir 18. Los dos tenían temperamentos de hierro y se creían capaces de imponer al otro sus deseos y códigos de vida. La misma noche de bodas el escritor cometió un error mayúsculo, que desviaría para siempre el cauce de su dicha: le dio a leer a Sonia sus diarios de juventud, en los que contaba con lujo de detalles sus borracheras y lujurias de oficial joven. Creía sinceramente que, al poner al descubierto las flaquezas de su alma, ella podría comprender con quién se había casado y perdonar las heridas futuras. Lo que logró fue abrir las compuertas de un torrente de celos y resentimientos que ya no se detendría. Dos semanas más tarde, Sonia empezó a escribir su propio diario. Se levantaba en medio de la noche para espiar lo que el marido había escrito e imprudentemente dejaba al alcance de su curiosidad el inventario de los agravios que le adjudicaba. Entonces empezaban las reyertas cada vez más crueles, las acusaciones de infidelidad y desamor. Y sin embargo, los dos se amaban con un ímpetu que no apagaron los años maduros ni la desastrosa convivencia.
Para Tolstoi, la escritura de los diarios fue el más constante de sus vicios. Sólo se permitió abandonarlos cuando trabajó en Guerra y paz y Anna Karenina , sus dos novelas mayores. También Sonia anotaba con puntualidad las cuitas de cada día. Por los diarios, ambos se enteraron de los enamoramientos y ridículos conatos de traición que los aquejaron en las fronteras de la vejez. El escritor había pasado ya los 70 años cuando la esposa tuvo noticias tardías de sus coqueteos con una campesina llamada Axinia, cuyo cuerpo dorado y piernas robustas representaban todo lo que Tolstoi deseaba. En los diarios de él han quedado vislumbres de las terribles maldiciones que se cruzaron. Sonia le dice: "No hay ningún bien en ti. Eres malvado, asqueroso. Yo sólo voy a amar a personas buenas y decentes, no a ti. Tú eres asqueroso, repelente".
Nadie ha contado mejor esa tragedia que William Shirer, el gran periodista que fue testigo del ascenso de Hitler en la Alemania de Weimar y lo narró en un libro clásico, The Rise and Fall of the Third Reich . Su obra más personal, sin embargo, es la historia de las borrascas conyugales que atormentaron a los Tolstoi. Lo publicó en 1993, un año antes de morir, con un título expresivo: Love and Hatred. The Stormy Marriage of Leo and Sonya Tolstoy ("Amor y odio. El tormentoso matrimonio de Sonia y León Tolstoi"). De allí ha salido casi toda la copiosa bibliografía sobre el fin de la pareja, incluyendo la noticia del amor crepuscular que Sonia parece haber sentido por el pianista Serguei Tanéiev cuando ella tenía ya 57 años.
Nada estremece tanto, sin embargo, como el relato de la muerte del gran hombre, que yacía solitario en la choza del jefe de la estación de Astápovo, perdido en la blancura de la estepa, mientras su fin inminente acongojaba a millares de lectores y discípulos en los cuatro rincones del mundo. Expiró a las 6.5 de la mañana del domingo 7 de noviembre de 1910. A Sonia no se le permitió entrar sino minutos más tarde, cuando ya todo había pasado. A la intemperie, bajo los hilos de nieve que no cesaban de caer, los campesinos cantaban un antiguo himno funerario, Memoria eterna . La esposa lo sobrevivió nueve años, suplicando en su diario que el mundo la recordara con indulgencia.
El escritor había huido de su casa de Yásnaia Poliana una semana antes, abrumado por los incesantes requerimientos de Sofia (cuyo apodo era Sonia) para que le entregara los manuscritos sin publicar y los diarios íntimos en los que hablaba de ella. Desde hacía ya muchos años su matrimonio naufragaba en querellas cada vez más ásperas. La esposa no toleraba que Vasili Cherkov -un intrigante al que Tolstoi consideraba su mejor discípulo- se inmiscuyera en las peleas conyugales y de algún modo las estimulara. El escritor, a su vez, se negaba a mantenerlo apartado. Marido y mujer veían aquellas trifulcas como "una lucha a muerte" y en verdad lo eran. Se amaban, pero la vida en común los estaba destrozando.
Cuando Tolstoi se fugó de la casa familiar sin avisarle a nadie -salvo a su hija Sasha, a quien le pidió que lo acompañara- estaba enfermo de neumonía. Su temperatura oscilaba entre los 39°6 y los 40°. El pulso era irregular y la respiración, tan débil que Sasha, inquieta, le acercaba cada tanto un espejo a los labios para verificar que seguía vivo. Sentía ardores de estómago y ataques de hipo que no le daban tregua. Padre e hija atravesaron los campos helados en un trineo hasta la estación de tren, donde -para despistar- compraron pasajes a pequeños apeaderos de la línea del Sur. Tolstoi pretendía pasar inadvertido, pero no tenía idea de su inmensa fama. Cayó derrumbado en un vagón de segunda clase y le pidió a Sasha que le comprara los periódicos. Con horror descubrió que la historia de su fuga era el tema principal de las portadas. Nubes de reporteros seguían el rumbo del tren y los fotógrafos estaban al acecho en las estaciones.
Muy pronto, todos los pasajeros se enteraron de que Tolstoi viajaba con ellos y acudieron en masa a verlo. Sasha les rogó que se fueran para que su padre pudiera descansar. Apenas circulaba el aire en los vagones llenos de humo. El gobierno del zar Nicolás II había despachado también a varios policías de civil para que averiguaran las verdaderas intenciones de un pacifista venerado por los campesinos, al que la iglesia ortodoxa acababa de excomulgar negándole los sacramentos y el entierro religioso. A Tolstoi sólo le importaba que lo dejaran en paz.
Era ya entonces un gigante lleno de gloria y no habría otro que desatara entusiasmos tan tumultuosos. Ningún escritor, antes o después, conoció como él esos extremos de admiración. Cuando viajaba a Moscú y a San Petersburgo, las calles por las que pasaba estaban alfombradas de flores. Todos los extranjeros de renombre que llegaban a Rusia consideraban incompleta la peregrinación si Tolstoi no los recibía. Gandhi le escribió llamándolo "nuestro titán" y se declaró "humilde deudor de sus prédicas y doctrinas sobre la no violencia".
Todos los grandes creadores de la época, desde Thomas Hardy hasta George Bernard Shaw le hacían llegar cartas de admiración. Aunque Tolstoi fue siempre el candidato obvio para ganar el Premio Nobel, se apresuró a rechazarlo antes de que se lo dieran porque "no sabría -les escribió a los miembros de la Academia Sueca- cómo disponer de todo ese dinero, sobre todo cuando mis convicciones me indican que el dinero sólo produce mal".
Cuanto más vasta era su fama pública, mayor era también el infortunio de su intimidad. Se había casado en 1862, a los 34 años. Sofia Andreievna acababa de cumplir 18. Los dos tenían temperamentos de hierro y se creían capaces de imponer al otro sus deseos y códigos de vida. La misma noche de bodas el escritor cometió un error mayúsculo, que desviaría para siempre el cauce de su dicha: le dio a leer a Sonia sus diarios de juventud, en los que contaba con lujo de detalles sus borracheras y lujurias de oficial joven. Creía sinceramente que, al poner al descubierto las flaquezas de su alma, ella podría comprender con quién se había casado y perdonar las heridas futuras. Lo que logró fue abrir las compuertas de un torrente de celos y resentimientos que ya no se detendría. Dos semanas más tarde, Sonia empezó a escribir su propio diario. Se levantaba en medio de la noche para espiar lo que el marido había escrito e imprudentemente dejaba al alcance de su curiosidad el inventario de los agravios que le adjudicaba. Entonces empezaban las reyertas cada vez más crueles, las acusaciones de infidelidad y desamor. Y sin embargo, los dos se amaban con un ímpetu que no apagaron los años maduros ni la desastrosa convivencia.
Para Tolstoi, la escritura de los diarios fue el más constante de sus vicios. Sólo se permitió abandonarlos cuando trabajó en Guerra y paz y Anna Karenina , sus dos novelas mayores. También Sonia anotaba con puntualidad las cuitas de cada día. Por los diarios, ambos se enteraron de los enamoramientos y ridículos conatos de traición que los aquejaron en las fronteras de la vejez. El escritor había pasado ya los 70 años cuando la esposa tuvo noticias tardías de sus coqueteos con una campesina llamada Axinia, cuyo cuerpo dorado y piernas robustas representaban todo lo que Tolstoi deseaba. En los diarios de él han quedado vislumbres de las terribles maldiciones que se cruzaron. Sonia le dice: "No hay ningún bien en ti. Eres malvado, asqueroso. Yo sólo voy a amar a personas buenas y decentes, no a ti. Tú eres asqueroso, repelente".
Nadie ha contado mejor esa tragedia que William Shirer, el gran periodista que fue testigo del ascenso de Hitler en la Alemania de Weimar y lo narró en un libro clásico, The Rise and Fall of the Third Reich . Su obra más personal, sin embargo, es la historia de las borrascas conyugales que atormentaron a los Tolstoi. Lo publicó en 1993, un año antes de morir, con un título expresivo: Love and Hatred. The Stormy Marriage of Leo and Sonya Tolstoy ("Amor y odio. El tormentoso matrimonio de Sonia y León Tolstoi"). De allí ha salido casi toda la copiosa bibliografía sobre el fin de la pareja, incluyendo la noticia del amor crepuscular que Sonia parece haber sentido por el pianista Serguei Tanéiev cuando ella tenía ya 57 años.
Nada estremece tanto, sin embargo, como el relato de la muerte del gran hombre, que yacía solitario en la choza del jefe de la estación de Astápovo, perdido en la blancura de la estepa, mientras su fin inminente acongojaba a millares de lectores y discípulos en los cuatro rincones del mundo. Expiró a las 6.5 de la mañana del domingo 7 de noviembre de 1910. A Sonia no se le permitió entrar sino minutos más tarde, cuando ya todo había pasado. A la intemperie, bajo los hilos de nieve que no cesaban de caer, los campesinos cantaban un antiguo himno funerario, Memoria eterna . La esposa lo sobrevivió nueve años, suplicando en su diario que el mundo la recordara con indulgencia.
miércoles, junio 11, 2008
Gitanos
Los gitanos y la materia de los sueños
En la Italia de Berlusconi se ha desatado la persecución de los calés. Allí y en todas partes su principal 'pecado' es su carácter irreductible. Habría que defenderlos: he aquí una causa al alcance de todos
EDUARDO MENDOZA 11/06/2008
El Gobierno italiano que preside Berlusconi, pero que ha sido elegido por una apreciable mayoría de los italianos, ha tomado medidas coercitivas y algo bruscas contra los gitanos. Ignoro la causa de estas medidas y más aún el resultado, aunque imagino que habrán ocasionado más sufrimientos que beneficios, salvo el de colocar en primer plano, aunque sea por unos días, a este colectivo misterioso, que a todo el mundo cae simpático en abstracto y pone de los nervios en concreto.
Son originarios de India, donde eran apreciados como forjadores y músicos
El que visita Auschwitz se sobrecoge al ver la cantidad de gitanos que allí fueron exterminados
España es un caso destacado de esta flagrante contradicción. Los gitanos son un signo preeminente de nuestra identidad y los embajadores casi exclusivos de nuestro folclore y nuestro temperamento nacional, si es que existe tal cosa, y por esta razón nos sentimos orgullosos de los gitanos y los andamos exhibiendo por el mundo; pero luego procuramos mantenerlos a distancia y los consideramos extraños o, lo que es peor, ciudadanos de segunda.
Se trata de una injusticia casi universal, a la que contribuye en buena parte el origen recóndito de los gitanos y su irreductible idiosincrasia.
Aunque hay teorías para todos los gustos, el consenso apunta a que son originarios de la India, donde conformaban una de las muchas subdivisiones de la casta de los parias. El subsistema de castas se basa en el tipo de actividad que practican sus miembros, y los gitanos estaban especializados en dos oficios distintos pero no incompatibles: eran muy apreciados como herreros y forjadores, pero aún más por sus aptitudes innatas para la música, el canto y el baile.
Más tarde, al hacerse trashumantes y frecuentar ferias y mercados, incorporaron a su currículum la trata de ganado. No se sabe cuándo ni por qué causa emigraron en bloque. Unos dicen que fueron expulsados; otros, que acudieron a la invitación de algún monarca poderoso y falto de diversiones, con la esperanza de mejorar su suerte. Sea como sea, recalaron en lo que entonces era el imperio persa. De ahí pasaron al imperio bizantino y luego al otomano, bajo cuya bandera se dispersaron por Europa. Tal vez pasaron por Egipto, pero no proceden de ahí ni tienen nada que ver con los faraones como antiguamente se creía.
En la actualidad hay comunidades gitanas importantes en todo el mundo, incluida la América del Sur y la del Norte. Al no ser sedentarios, es difícil censarlos, pero su número es mayor de lo que uno tendería a pensar. Hace una década se calculaba que había unos 11 millones de gitanos en el mundo, una cifra considerable si pensamos que en esa misma fecha los judíos sumaban poco más de 12 millones.
Los gitanos mantienen ciertos rasgos morfológicos distintivos, pero difícilmente se puede hablar de una raza en sentido estricto, porque se suelen casar entre ellos, pero después de tantos siglos de vagar, las excepciones a la endogamia hacen que estén muy mezclados. Lo mismo ocurre con su lengua, transmitida por tradición oral, poco estudiada y, tan contaminada como los genes, si no más. Los que la hablan son siempre bilingües, por lo menos. En España hablan castellano con los giros propios de cada región, así como las demás lenguas del Estado. La Carmen de Mérimée hablaba caló, sevillano y euskera, con lo que armaba líos a tres bandas. El propio Mérimée, que inventó el personaje, cuenta en sus cartas que al pasar por Barcelona conoció gitanos que hablaban y cantaban en catalán. También los nombres y apellidos se pegan al terreno.
En cuanto a su extraordinario talento musical, y en contra de lo que parece, no es creativo, sino interpretativo. No hay música gitana propiamente dicha. Adaptan y hacen suya la que encuentran. En España, el flamenco, pero en Hungría, en Yugoslavia, en Rumania o en Italia, la música folclórica de cada lugar.
Muchos gitanos se integran sin dificultad en la forma de vida convencional de sus respectivos países, pero lo que les sigue caracterizando como colectivo es su forma de vivir desarraigada, excluyente y voluntariamente marginada de toda sociedad. Es este carácter inconformista el que ha creado un sentimiento generalizado de desconfianza hacia ellos que en ocasiones se transforma en animadversión, cuando no en violencia.
En la Europa medieval, y después también, fueron anatematizados. Al que no pertenecía a la Iglesia en cuerpo y alma se le consideraba pagano, un término que entonces era sinónimo de poseído por el demonio o servidor de Satanás. En la tradición centroeuropea, los gitanos son los aliados naturales de los vampiros y sus fieles servidores. Son ellos los que trasiegan el ataúd de Drácula cuando éste no puede valerse por sí mismo. Una antigua tradición cristiana dice que Dios los maldijo porque negaron su ayuda a la Sagrada Familia en la huida a Egipto. Pero no hace falta tanta imaginación ni remontarse a un pasado tan lejano. El que visita Ausch-witz se sorprende y sobrecoge al ver la cantidad de gitanos que fueron exterminados en aquel inicuo y lúgubre lugar, como consta en un austero y apartado recordatorio, tan marginal como las personas que por allí pasaron. Una tragedia de la que se habla poco, porque los gitanos no dejan testimonio escrito de su historia y como todas las gentes que van de paso, no tienen interés por el pasado y son reacios a la memoria.
El que no sean réprobos no significa que sean ángeles. En cualquier comunidad humana hay personas buenas, malas, y una suma de las dos cosas. Los gitanos, como todo el que camina por el borde de la sociedad, están más expuestos a resbalar e incurrir en delitos pequeños pero molestos: robar gallinas o lo que el azar pone a su alcance y cosas por el estilo. En la actualidad parece ser que algunos entran y salen del mundo de la droga, más como consumidores que como traficantes. Una actitud incívica y la fama de promiscuidad sexual han dejado de ser crímenes para convertirse casi en virtudes.
No es cierto, como se contaba, que antiguamente robaran niños: son prolíficos y con sus propios churumbeles tienen de sobra. Sí es verdad, en cambio, que algunos niños, por afán de aventura o para huir de malos tratos o abusos de cualquier tipo, se unían a las caravanas de gitanos como único medio de transporte y supervivencia. A veces su carácter apasionado les impulsa a echar mano de la navaja y entonces corre la sangre, pero la violencia, como casi todo, no rebasa los límites de su propio círculo. En definitiva, un historial muy parecido al de otros colectivos, y menos perjudicial que el de los especuladores o los abanderados de las causas patrióticas.
En el fondo, son lo que siempre fueron, aquello para lo que estaban genéticamente programados: gente de la farándula. No hay que haber conocido a muchos profesionales del espectáculo para detectar a escala individual rasgos que en los gitanos son atributos tribales. Temperamentales, exagerados, impróvidos, a veces lunáticos, a veces incumplidores, a veces desaseados, propensos a darse puñaladas entre sí, por suerte metafóricas; pero también impulsivos, sentimentales, generosos y divertidos.
De un tiempo a esta parte, el colectivo de actores, con algunas adiciones valiosas del mundo de la canción y otros sectores afines, ha mostrado una especial sensibilidad por los problemas políticos y humanos que asolan el mundo actual: el hambre, la guerra y la opresión en todas sus formas. Con frecuencia ha expresado su repulsa y denunciado a los culpables. En una época dominada por la imagen y el culto a la fama, estas intervenciones han tenido gran repercusión y, dentro de lo posible, una cierta eficacia. A veces la envergadura de la causa era excesiva para sus fuerzas: Irak, el Tíbet, África.
Ahora hay una causa que no debería dejarle indiferente. Los gitanos están más cerca, físicamente y, si mi teoría no es errónea, también espiritualmente. No hace mucho que los cómicos eran considerados poco menos o poco más que los gitanos, vivían segregados de la sociedad y no podían ser enterrados en tierra sagrada. Ahora esto es sólo un recuerdo y una anécdota. En cambio, los gitanos, empeñados sin saberlo en cumplir su extraño destino histórico, persisten en una condición que han asumido sin concesiones y hasta las últimas consecuencias. Pero incómodos, ajenos a todo, a veces patéticos, a veces poéticos, comparten la propiedad de ser lo que Shakespeare definió como la materia de que están hechos nuestros sueños.
Eduardo Mendoza es escritor.
En la Italia de Berlusconi se ha desatado la persecución de los calés. Allí y en todas partes su principal 'pecado' es su carácter irreductible. Habría que defenderlos: he aquí una causa al alcance de todos
EDUARDO MENDOZA 11/06/2008
El Gobierno italiano que preside Berlusconi, pero que ha sido elegido por una apreciable mayoría de los italianos, ha tomado medidas coercitivas y algo bruscas contra los gitanos. Ignoro la causa de estas medidas y más aún el resultado, aunque imagino que habrán ocasionado más sufrimientos que beneficios, salvo el de colocar en primer plano, aunque sea por unos días, a este colectivo misterioso, que a todo el mundo cae simpático en abstracto y pone de los nervios en concreto.
Son originarios de India, donde eran apreciados como forjadores y músicos
El que visita Auschwitz se sobrecoge al ver la cantidad de gitanos que allí fueron exterminados
España es un caso destacado de esta flagrante contradicción. Los gitanos son un signo preeminente de nuestra identidad y los embajadores casi exclusivos de nuestro folclore y nuestro temperamento nacional, si es que existe tal cosa, y por esta razón nos sentimos orgullosos de los gitanos y los andamos exhibiendo por el mundo; pero luego procuramos mantenerlos a distancia y los consideramos extraños o, lo que es peor, ciudadanos de segunda.
Se trata de una injusticia casi universal, a la que contribuye en buena parte el origen recóndito de los gitanos y su irreductible idiosincrasia.
Aunque hay teorías para todos los gustos, el consenso apunta a que son originarios de la India, donde conformaban una de las muchas subdivisiones de la casta de los parias. El subsistema de castas se basa en el tipo de actividad que practican sus miembros, y los gitanos estaban especializados en dos oficios distintos pero no incompatibles: eran muy apreciados como herreros y forjadores, pero aún más por sus aptitudes innatas para la música, el canto y el baile.
Más tarde, al hacerse trashumantes y frecuentar ferias y mercados, incorporaron a su currículum la trata de ganado. No se sabe cuándo ni por qué causa emigraron en bloque. Unos dicen que fueron expulsados; otros, que acudieron a la invitación de algún monarca poderoso y falto de diversiones, con la esperanza de mejorar su suerte. Sea como sea, recalaron en lo que entonces era el imperio persa. De ahí pasaron al imperio bizantino y luego al otomano, bajo cuya bandera se dispersaron por Europa. Tal vez pasaron por Egipto, pero no proceden de ahí ni tienen nada que ver con los faraones como antiguamente se creía.
En la actualidad hay comunidades gitanas importantes en todo el mundo, incluida la América del Sur y la del Norte. Al no ser sedentarios, es difícil censarlos, pero su número es mayor de lo que uno tendería a pensar. Hace una década se calculaba que había unos 11 millones de gitanos en el mundo, una cifra considerable si pensamos que en esa misma fecha los judíos sumaban poco más de 12 millones.
Los gitanos mantienen ciertos rasgos morfológicos distintivos, pero difícilmente se puede hablar de una raza en sentido estricto, porque se suelen casar entre ellos, pero después de tantos siglos de vagar, las excepciones a la endogamia hacen que estén muy mezclados. Lo mismo ocurre con su lengua, transmitida por tradición oral, poco estudiada y, tan contaminada como los genes, si no más. Los que la hablan son siempre bilingües, por lo menos. En España hablan castellano con los giros propios de cada región, así como las demás lenguas del Estado. La Carmen de Mérimée hablaba caló, sevillano y euskera, con lo que armaba líos a tres bandas. El propio Mérimée, que inventó el personaje, cuenta en sus cartas que al pasar por Barcelona conoció gitanos que hablaban y cantaban en catalán. También los nombres y apellidos se pegan al terreno.
En cuanto a su extraordinario talento musical, y en contra de lo que parece, no es creativo, sino interpretativo. No hay música gitana propiamente dicha. Adaptan y hacen suya la que encuentran. En España, el flamenco, pero en Hungría, en Yugoslavia, en Rumania o en Italia, la música folclórica de cada lugar.
Muchos gitanos se integran sin dificultad en la forma de vida convencional de sus respectivos países, pero lo que les sigue caracterizando como colectivo es su forma de vivir desarraigada, excluyente y voluntariamente marginada de toda sociedad. Es este carácter inconformista el que ha creado un sentimiento generalizado de desconfianza hacia ellos que en ocasiones se transforma en animadversión, cuando no en violencia.
En la Europa medieval, y después también, fueron anatematizados. Al que no pertenecía a la Iglesia en cuerpo y alma se le consideraba pagano, un término que entonces era sinónimo de poseído por el demonio o servidor de Satanás. En la tradición centroeuropea, los gitanos son los aliados naturales de los vampiros y sus fieles servidores. Son ellos los que trasiegan el ataúd de Drácula cuando éste no puede valerse por sí mismo. Una antigua tradición cristiana dice que Dios los maldijo porque negaron su ayuda a la Sagrada Familia en la huida a Egipto. Pero no hace falta tanta imaginación ni remontarse a un pasado tan lejano. El que visita Ausch-witz se sorprende y sobrecoge al ver la cantidad de gitanos que fueron exterminados en aquel inicuo y lúgubre lugar, como consta en un austero y apartado recordatorio, tan marginal como las personas que por allí pasaron. Una tragedia de la que se habla poco, porque los gitanos no dejan testimonio escrito de su historia y como todas las gentes que van de paso, no tienen interés por el pasado y son reacios a la memoria.
El que no sean réprobos no significa que sean ángeles. En cualquier comunidad humana hay personas buenas, malas, y una suma de las dos cosas. Los gitanos, como todo el que camina por el borde de la sociedad, están más expuestos a resbalar e incurrir en delitos pequeños pero molestos: robar gallinas o lo que el azar pone a su alcance y cosas por el estilo. En la actualidad parece ser que algunos entran y salen del mundo de la droga, más como consumidores que como traficantes. Una actitud incívica y la fama de promiscuidad sexual han dejado de ser crímenes para convertirse casi en virtudes.
No es cierto, como se contaba, que antiguamente robaran niños: son prolíficos y con sus propios churumbeles tienen de sobra. Sí es verdad, en cambio, que algunos niños, por afán de aventura o para huir de malos tratos o abusos de cualquier tipo, se unían a las caravanas de gitanos como único medio de transporte y supervivencia. A veces su carácter apasionado les impulsa a echar mano de la navaja y entonces corre la sangre, pero la violencia, como casi todo, no rebasa los límites de su propio círculo. En definitiva, un historial muy parecido al de otros colectivos, y menos perjudicial que el de los especuladores o los abanderados de las causas patrióticas.
En el fondo, son lo que siempre fueron, aquello para lo que estaban genéticamente programados: gente de la farándula. No hay que haber conocido a muchos profesionales del espectáculo para detectar a escala individual rasgos que en los gitanos son atributos tribales. Temperamentales, exagerados, impróvidos, a veces lunáticos, a veces incumplidores, a veces desaseados, propensos a darse puñaladas entre sí, por suerte metafóricas; pero también impulsivos, sentimentales, generosos y divertidos.
De un tiempo a esta parte, el colectivo de actores, con algunas adiciones valiosas del mundo de la canción y otros sectores afines, ha mostrado una especial sensibilidad por los problemas políticos y humanos que asolan el mundo actual: el hambre, la guerra y la opresión en todas sus formas. Con frecuencia ha expresado su repulsa y denunciado a los culpables. En una época dominada por la imagen y el culto a la fama, estas intervenciones han tenido gran repercusión y, dentro de lo posible, una cierta eficacia. A veces la envergadura de la causa era excesiva para sus fuerzas: Irak, el Tíbet, África.
Ahora hay una causa que no debería dejarle indiferente. Los gitanos están más cerca, físicamente y, si mi teoría no es errónea, también espiritualmente. No hace mucho que los cómicos eran considerados poco menos o poco más que los gitanos, vivían segregados de la sociedad y no podían ser enterrados en tierra sagrada. Ahora esto es sólo un recuerdo y una anécdota. En cambio, los gitanos, empeñados sin saberlo en cumplir su extraño destino histórico, persisten en una condición que han asumido sin concesiones y hasta las últimas consecuencias. Pero incómodos, ajenos a todo, a veces patéticos, a veces poéticos, comparten la propiedad de ser lo que Shakespeare definió como la materia de que están hechos nuestros sueños.
Eduardo Mendoza es escritor.
domingo, junio 08, 2008
El Rey Lear- ALFREDO ALCON

Representar Rey Lear es un ejercicio de humillación,
sé que nunca estaré a la altura, ni como actor ni como espectador, de toda esa intensidad llena de vida que tienen las obras de Shakespeare y en especial esta que ahora por fin represento y con la que sólo trato de subir un escalón más". Así se expresaba poco antes del estreno de Rey Lear su protagonista, el actor Alfredo Alcón, quien a pesar de ser septuagenario desde hace años, se muestra lleno de energía en escena, hasta el punto de que termina la función sosteniendo en brazos a Cordelia, la hija de Lear.
Cuando está subido en el escenario y transformado en ese rey perdido entre el dolor y la locura, Alcón hace desaparecer al 100% su cadencia y acento argentinos para abordar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid una de las principales tragedias de William Shakespeare. Un trabajo que el público acoge con ovaciones hacia el actor cada noche. Rey Lear se escribió entre 1605 y 1606, aunque tomando como fuente una obra anterior, King Leir (representada en 1594 e impresa en 1605), y ambas deudoras con la Historia Regum Britanniae escrita hacia 1135 por Godofredo de Monmouth y de raíz netamente céltica.
Este nuevo Rey Lear producido por el Centro Dramático Nacional, con puesta en escena de su director Gerardo Vera, y versión del dramaturgo Juan Mayorga ha nacido gracias a Alcón. Su director no oculta que "sin él no hubiera llevado a cabo este proyecto, ya que el papel requería a un actor complejo, moderno, con gran hondura, que transmitiese verdad y con una técnica perfecta, yo quería hacer Lear y tenía claro que era con él o no era", sostiene Vera quien califica la obra de auténtica metáfora sobre la vejez, el mundo que termina y los jóvenes que irrumpen para arrinconar a sus mayores.Alcón destacó la gran generosidad que España siempre había tenido con él. El actor ha trabajado con directores españoles teatrales en varias ocasiones, sobre todo con el desaparecido José Luis Alonso y también con Francisco Nieva y repetidamente con Lluís Pasqual.
A lo largo de su dilatada y prestigiosa trayectoria se ha enfrentado como actor y director a muchos shakespaeres. Su experiencia es mucha, pero tiene claro que es precisamente con la experiencia con la que hay que tener mucho cuidado: "Si uno vive un trabajo actual desde la experiencia anterior, si llega a él con preconceptos, no puede ponerse al servicio del proyecto y yo no trabajo con un director que hace su Lear en el salón de su casa, Vera ha venido a los ensayos a indagar y a retorcerse con nosotros y eso es muy importante".
Alcón, como otros compañeros suyos, se muestra contento del protagonismo que está teniendo hoy el teatro en las sociedades occidentales: "Es un arte que ha subsistido a lo largo de muchos siglos y seguirá existiendo mientras seamos humanos y tengamos la necesidad de nos cuenten un cuento", señala el actor quien cree que hoy la gente vuelve su mirada hacia el teatro porque el público, de manera consciente o no, sabe que puede cambiar lo que está viendo en el escenario. "Un espectador que está compartiendo la pasión, está siendo un creador, no es un espectador pasivo?; el teatro no es sólido, es líquido, necesita del otro para hacerse, y como cualquier elemento líquido es impredecible, cualquier persona puede modificar el movimiento del agua, cualquier espectador puede alterar una representación y ahí es donde el teatro cobra su gran fuerza por encima de todas las modernas tecnologías". Para concluir su apología escénica dice, casi más que con la palabra con sus ojos vivos y jóvenes: "El teatro nos hace sentirnos vivos, con todo el peligro y la aventura que significa estar vivo".
Alfredo Alcón ha pasado a sumar la lista de los Rey Lears que se han visto en España en el último medio siglo, tres de ellos dirigidos por Miguel Narros. El protagonizado por Carlos Lemos en 1966 que supuso un gran acontecimiento y en el que las jóvenes hijas de Lear eran Berta Riaza, Julieta Serrano y Ana Belén; así como los protagonizados por Fermí Reixach y Helio Pedregal, actor este último que volvió a ser Lear bajo la dirección del alemán Hansgünther Heyme en el Teatro de la Abadía. El último Lear español, anterior a Alcón, fue el dirigido por Calixto Bieito y con José María Pou al frente del reparto. Actor éste que fascinó al mismísimo Ian McKellen, quien este año ha sido el último Rey Lear de la Royal Shakespeare Company y al que le impresionó mucho el trabajo de Pou cuando le vio en ese papel.
El montaje del Centro Dramático Nacional, que cuenta con Carmen Elías, Luis Bermejo, Pedro Casablanc, Miryam Gallego, Cristina Marcos, Juli Mira, Jesús Noguero y Albert Triola, entre otros muchos actores, permanecerá en Madrid hasta el 20 de abril y posteriormente viajará a Sevilla (del 1 al 3 de mayo), Málaga (del 9 al 11 de mayo), Barcelona (del 21 de mayo al 8 de junio), San Sebastián (14 y 15 de junio) y Bilbao (del 26 al 28 de junio) y otras ciudades españolas.
Cuando está subido en el escenario y transformado en ese rey perdido entre el dolor y la locura, Alcón hace desaparecer al 100% su cadencia y acento argentinos para abordar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid una de las principales tragedias de William Shakespeare. Un trabajo que el público acoge con ovaciones hacia el actor cada noche. Rey Lear se escribió entre 1605 y 1606, aunque tomando como fuente una obra anterior, King Leir (representada en 1594 e impresa en 1605), y ambas deudoras con la Historia Regum Britanniae escrita hacia 1135 por Godofredo de Monmouth y de raíz netamente céltica.
Este nuevo Rey Lear producido por el Centro Dramático Nacional, con puesta en escena de su director Gerardo Vera, y versión del dramaturgo Juan Mayorga ha nacido gracias a Alcón. Su director no oculta que "sin él no hubiera llevado a cabo este proyecto, ya que el papel requería a un actor complejo, moderno, con gran hondura, que transmitiese verdad y con una técnica perfecta, yo quería hacer Lear y tenía claro que era con él o no era", sostiene Vera quien califica la obra de auténtica metáfora sobre la vejez, el mundo que termina y los jóvenes que irrumpen para arrinconar a sus mayores.Alcón destacó la gran generosidad que España siempre había tenido con él. El actor ha trabajado con directores españoles teatrales en varias ocasiones, sobre todo con el desaparecido José Luis Alonso y también con Francisco Nieva y repetidamente con Lluís Pasqual.
A lo largo de su dilatada y prestigiosa trayectoria se ha enfrentado como actor y director a muchos shakespaeres. Su experiencia es mucha, pero tiene claro que es precisamente con la experiencia con la que hay que tener mucho cuidado: "Si uno vive un trabajo actual desde la experiencia anterior, si llega a él con preconceptos, no puede ponerse al servicio del proyecto y yo no trabajo con un director que hace su Lear en el salón de su casa, Vera ha venido a los ensayos a indagar y a retorcerse con nosotros y eso es muy importante".
Alcón, como otros compañeros suyos, se muestra contento del protagonismo que está teniendo hoy el teatro en las sociedades occidentales: "Es un arte que ha subsistido a lo largo de muchos siglos y seguirá existiendo mientras seamos humanos y tengamos la necesidad de nos cuenten un cuento", señala el actor quien cree que hoy la gente vuelve su mirada hacia el teatro porque el público, de manera consciente o no, sabe que puede cambiar lo que está viendo en el escenario. "Un espectador que está compartiendo la pasión, está siendo un creador, no es un espectador pasivo?; el teatro no es sólido, es líquido, necesita del otro para hacerse, y como cualquier elemento líquido es impredecible, cualquier persona puede modificar el movimiento del agua, cualquier espectador puede alterar una representación y ahí es donde el teatro cobra su gran fuerza por encima de todas las modernas tecnologías". Para concluir su apología escénica dice, casi más que con la palabra con sus ojos vivos y jóvenes: "El teatro nos hace sentirnos vivos, con todo el peligro y la aventura que significa estar vivo".
Alfredo Alcón ha pasado a sumar la lista de los Rey Lears que se han visto en España en el último medio siglo, tres de ellos dirigidos por Miguel Narros. El protagonizado por Carlos Lemos en 1966 que supuso un gran acontecimiento y en el que las jóvenes hijas de Lear eran Berta Riaza, Julieta Serrano y Ana Belén; así como los protagonizados por Fermí Reixach y Helio Pedregal, actor este último que volvió a ser Lear bajo la dirección del alemán Hansgünther Heyme en el Teatro de la Abadía. El último Lear español, anterior a Alcón, fue el dirigido por Calixto Bieito y con José María Pou al frente del reparto. Actor éste que fascinó al mismísimo Ian McKellen, quien este año ha sido el último Rey Lear de la Royal Shakespeare Company y al que le impresionó mucho el trabajo de Pou cuando le vio en ese papel.
El montaje del Centro Dramático Nacional, que cuenta con Carmen Elías, Luis Bermejo, Pedro Casablanc, Miryam Gallego, Cristina Marcos, Juli Mira, Jesús Noguero y Albert Triola, entre otros muchos actores, permanecerá en Madrid hasta el 20 de abril y posteriormente viajará a Sevilla (del 1 al 3 de mayo), Málaga (del 9 al 11 de mayo), Barcelona (del 21 de mayo al 8 de junio), San Sebastián (14 y 15 de junio) y Bilbao (del 26 al 28 de junio) y otras ciudades españolas.
martes, junio 03, 2008
El fútbol y el Indio Solari
Te gusta ver fútbol y colgarte con emoción viendo un partido? Sebazumbador Zumba, Buenos Aires. Veo fútbol todo el tiempo. Yo soy hincha de Boca. El partido de Boca lo agarro así sea el cumpleaños de nadie. Acá se para todo. Pero también veo Arsenal-Lanús, porque de pronto puedo mirar sin nervios. Después trato de seguir a las gallinas. Si van ganando me voy... Pero sí: consumo mucho fútbol. También las ligas europeas. Por ejemplo, cuando jugaba Riquelme en el Villarreal me gustaba verlo. O ahora Tevez, que son jugadores que me da pena que no puedan jugar acá, porque me gusta verlo en la cancha. Tanto que hasta pongo un partido del Manchester. Y después, si hay un choque Barcelona-Madrid y estoy al pedo...
lunes, mayo 26, 2008
sábado, mayo 24, 2008
Henry Miller

Hacía sólo unos días que se había agarrado a mí desesperadamente, y después algo ocurrió, algo que ni siquiera está claro para mí ahora, y por su propia voluntad subió al tren y me volvió a mirar con esa sonrisa triste y enigmática que me desconcierta, que es injusta, forzada, de la que desconfío con toda mi alma. Y ahora soy yo, parado a la sombra del viaducto, quien tiendo los brazos hacia ella desesperadamente y en mis labios aparece esa misma sonrisa inexplicable, esa máscara que he colocado sobre mi pena. Puedo quedarme aquí parado y sonreír inexpresivamente, y por fervorosas que sean mis plegarias, por desesperado que sea mi anhelo, hay un océano enre nosotros; ella seguirá allí en la miseria, y yo caminaré aquí de una calle a otra, con lágrimas ardientes quemándome el rostro.
Trópico de Cáncer
viernes, mayo 23, 2008
Iñaki Ochoa de Olsa

LA MIRADA DE CRISTAL
Jueves, 5 de abril de 2007
El avión desciende suavemente, por una vez. Ha encontrado sin problemas, y no es nada fácil, el único hueco que da acceso a este valle rodeado de colinas donde se asienta Kathmandu, esta ciudad sucia y ruidosa que se ha convertido en mi segundo hogar. Ya no me siento extraño cuando me muevo deprisa por los callejones del barrio turístico, corriendo como loco mientras realizamos las mil y una gestiones necesarias para preparar nuestra próxima expedición al Dhaulagiri y, en caso de que todo salga bien allí, también al Annapurna. Nada me es ajeno ya, en este ambiente. Durante el vuelo me he entretenido contando, papel en mano, el numero de veces que he aterrizado en el Reino de Nepal. No me sorprende la cifra resultante: han sido 29 ocasiones.
Mis amigos sherpas me dicen, nada mas aterrizar, que aquí el invierno ha sido de los buenos, Nada que ver con el que nos ha tocado a nosotros en casa. La nieve se acumula arriba en las montañas, lo que no sabemos si es bueno o malo. Pero como es un hecho que tiene toda la pinta de ser irrefutable, pues mas vale no preocuparse por ello. En la ciudad ha nevado otra vez después de 62 anos sin hacerlo, y eso que Kathmandu esta situada solamente a 1.300 metros de altitud, si, pero a la misma latitud que las Islas Canarias. Mas nos vale.
En el avión, a mi lado, viajaban Oscar Fernández e Ignacio Barrio. En sus caras veo la mía, reflejada como en un espejo. Esperamos reunirnos cuanto antes con Joby Ogwyn, Joelle Brupbacher, Horia Colibasanu y Jorge Egocheaga, los demás miembros de nuestra espedición. Oscar e Ignacio se han preparado con espartana dureza para nuestra escalada, y ambos han puesto toda la ilusión y la imaginación de la que disponen para que ahora estemos aquí, de nuevo bajo el Himalaya. Y también todos sus ahorros. Nuestros últimos días en Pamplona han resultado ser la locura habitual, rodeados del infame estrés emocional, conocido y temido, de las despedidas. Y asimismo los nuestros sufrían sin duda la mirada ausente y vacía de quien tiene el alma ya en camino, en algún lugar lejano.
De manera que nuestros espíritus se abren ya paso por las nieves profundas y sagradas de las dos grandes montañas que rodean el valle del Kali Gandaki, en un lugar tan bello que mis intentos por describirlo serán sin duda vanos e inútiles. Ahora solo queda que nuestros cuerpos se reúnan con sus almas vagabundas, en un proceso que para nosotros es cíclico y, a estas alturas de la jugada, natural. Pronto nuestros demonios serán exorcizados una vez mas, caerán rendidos y sin fuerzas, perdidos en medio de ese baile salvaje que es la escalada en el Himalaya. De nuevo, volveremos a casa destruidos físicamente, quizás, pero sin duda renacidos. En nuestros ojos brillara una mirada diferente, de cristal, que dice a las claras y sin tapujos: "He estado en un lugar especial. Y he vuelto para contártelo."
PS De nuevo debo agradecer de corazón a LORPEN y a DIARIO DE NAVARRA su apoyo incondicional. Me han demostrado que saben estar a mi lado por igual cuando llueve o cuando hace sol, sin presionarme en lo más mínimo, siempre con las palabras justas a mano. Gracias.
Al resto de mis amigos y colaboradores, más de lo mismo. Las gentes de CampoBase y de Rocopolis, de Montura y de Tuckland hacen que me sienta valorado y apoyado.
Me gustaría mandar un abrazo especial a mi joven amigo y profesor de Nepali durante el pasado invierno, un chico Sherpa que vive cerca de Pamplona y se llama Pasang. Y a ti, Corinne, te mando un beso. Solo te puedo decir que espero estar muy pronto a tu lado, devolviéndote toda esa energía que mi ausencia te roba....
Iñaki Ochoa de Olza
Jueves, 5 de abril de 2007
El avión desciende suavemente, por una vez. Ha encontrado sin problemas, y no es nada fácil, el único hueco que da acceso a este valle rodeado de colinas donde se asienta Kathmandu, esta ciudad sucia y ruidosa que se ha convertido en mi segundo hogar. Ya no me siento extraño cuando me muevo deprisa por los callejones del barrio turístico, corriendo como loco mientras realizamos las mil y una gestiones necesarias para preparar nuestra próxima expedición al Dhaulagiri y, en caso de que todo salga bien allí, también al Annapurna. Nada me es ajeno ya, en este ambiente. Durante el vuelo me he entretenido contando, papel en mano, el numero de veces que he aterrizado en el Reino de Nepal. No me sorprende la cifra resultante: han sido 29 ocasiones.
Mis amigos sherpas me dicen, nada mas aterrizar, que aquí el invierno ha sido de los buenos, Nada que ver con el que nos ha tocado a nosotros en casa. La nieve se acumula arriba en las montañas, lo que no sabemos si es bueno o malo. Pero como es un hecho que tiene toda la pinta de ser irrefutable, pues mas vale no preocuparse por ello. En la ciudad ha nevado otra vez después de 62 anos sin hacerlo, y eso que Kathmandu esta situada solamente a 1.300 metros de altitud, si, pero a la misma latitud que las Islas Canarias. Mas nos vale.
En el avión, a mi lado, viajaban Oscar Fernández e Ignacio Barrio. En sus caras veo la mía, reflejada como en un espejo. Esperamos reunirnos cuanto antes con Joby Ogwyn, Joelle Brupbacher, Horia Colibasanu y Jorge Egocheaga, los demás miembros de nuestra espedición. Oscar e Ignacio se han preparado con espartana dureza para nuestra escalada, y ambos han puesto toda la ilusión y la imaginación de la que disponen para que ahora estemos aquí, de nuevo bajo el Himalaya. Y también todos sus ahorros. Nuestros últimos días en Pamplona han resultado ser la locura habitual, rodeados del infame estrés emocional, conocido y temido, de las despedidas. Y asimismo los nuestros sufrían sin duda la mirada ausente y vacía de quien tiene el alma ya en camino, en algún lugar lejano.
De manera que nuestros espíritus se abren ya paso por las nieves profundas y sagradas de las dos grandes montañas que rodean el valle del Kali Gandaki, en un lugar tan bello que mis intentos por describirlo serán sin duda vanos e inútiles. Ahora solo queda que nuestros cuerpos se reúnan con sus almas vagabundas, en un proceso que para nosotros es cíclico y, a estas alturas de la jugada, natural. Pronto nuestros demonios serán exorcizados una vez mas, caerán rendidos y sin fuerzas, perdidos en medio de ese baile salvaje que es la escalada en el Himalaya. De nuevo, volveremos a casa destruidos físicamente, quizás, pero sin duda renacidos. En nuestros ojos brillara una mirada diferente, de cristal, que dice a las claras y sin tapujos: "He estado en un lugar especial. Y he vuelto para contártelo."
PS De nuevo debo agradecer de corazón a LORPEN y a DIARIO DE NAVARRA su apoyo incondicional. Me han demostrado que saben estar a mi lado por igual cuando llueve o cuando hace sol, sin presionarme en lo más mínimo, siempre con las palabras justas a mano. Gracias.
Al resto de mis amigos y colaboradores, más de lo mismo. Las gentes de CampoBase y de Rocopolis, de Montura y de Tuckland hacen que me sienta valorado y apoyado.
Me gustaría mandar un abrazo especial a mi joven amigo y profesor de Nepali durante el pasado invierno, un chico Sherpa que vive cerca de Pamplona y se llama Pasang. Y a ti, Corinne, te mando un beso. Solo te puedo decir que espero estar muy pronto a tu lado, devolviéndote toda esa energía que mi ausencia te roba....
Iñaki Ochoa de Olza
lunes, mayo 19, 2008
cursa del corte ingles 2008
he participado de la cursa un año mas
q felicidad!
y como todos los años
he comprobado (una vez mas..) q muchos no se bañan con regularidad (y tambien eran jóvenes!!!) y tampoco se cepillan los dientes
q asco!!!!!
seguro q no tiene a ninguna mujer al lado!
bueno pero lo mas bonito ha sido ver tantas personas corriendo
con ganas de pasarlo bien
de caminar rapido de ir charlando q importa!
padres con niños de la mano animandoles (especialmente en la subida de la montaña)
amigos q iban ahciendose bromas
parejas de corrian disciplinadas
un señor bastante viejo con la camiseta q entregaba el corte ingles por la participacion ininterrumpida en 25 años!!! q genio!!!
el señor q corre con el dálmata disfrazado de dálmata el tambien
jajajjaja
y todo q ha sido precioso y perfecto
lockout a la Razón
Ver morir” y “regalar”
Por Sandra Russo
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas”, dijo Alfredo De Angeli. Ya no hace ninguna falta decir quién es De Angeli ni describir sus modos. La frase es de barricada, ya que uno tiende a creer que De Angeli, como cualquier ganadero, como cualquier persona con dos dedos de frente, preferiría vender barata una vaca antes que verla morir. ¿O no? ¿Pero y si fuera cierto? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona que de verdad, y no en forma figurada, prefiere ver morir a una vaca antes que venderla barata? En esta última pregunta fue necesario reemplazar el “regalarla” por el “venderla barata”, porque inequívocamente lo que quiso decir De Angeli fue eso. Pero el uso de “regalarlas” también merecerá, más adelante, un comentario.
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas” indica antes que nada que se es dueño de vacas que están a la venta. En rigor, es un eufemismo que refiere el valor de mercado que se le trata de imponer a una mercancía, la vaca, y el extremismo con el que se pretende defenderlo. No deja de ser, claro, una metáfora que nadie tomará por literal, pero por el hecho mismo de ser una metáfora que se interna en territorios semánticos con connotaciones que nada tienen que ver con el mercado, también es un acto nudista del lenguaje. Está sellado a fuego, para la opinión pública acrítica que se informa a través de los grandes grupos periodísticos, que las medidas del Gobierno obligarían a los ruralistas a “regalar” sus mercaderías. Las coberturas periodísticas de las asambleas de De Angeli nunca se alejan de su persona. Es lo que provoca a su alrededor De Angeli lo que les ha regalado, y sin comillas, la posibilidad de espectacularizar una protesta que esos medios siguen definiendo como “protesta”, sólo porque a esos mismos medios no se les ocurre irse un poco más allá, informativamente, del escenario en el habla De Angeli.
¿No es raro que en semejante crisis que ya superó hace rato el conflicto con “el campo”, jamás hayan aparecido, en los grandes medios, notas sobre los campesinos? ¿Vivimos en un país sin campesinos? ¿”El campo” estalla sin campesinos? ¿Y eso no es un hecho insólito en un país tan extenso? La Federación Agraria, vaciada de todo su contenido original, degenerada en su naturaleza de actor social con intereses y lectura propia, fagocitada por la melena canosa y patricia de Miguens, debería hablar de campesinos, no sólo de propietarios. La Sociedad Rural no ha necesitado exhibir ninguno de sus costados salvajes. Ahí los tiene a los muchachos de la Federación, que manejan mejor que ellos la barricada, para darle épica a la epopeya de las camperas de carpincho.
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas” es una frase que contiene al De Angeli básico, y es otra prueba del inmenso poder simbólico que la Federación Agraria está poniendo al servicio de sus explotadores históricos. Como es improbable que esta crisis termine con una reforma agraria, como a veces parece esperar el otro, Buzzi, y algunas agrupaciones troskas, se diría que ese poder simbólico está siendo no sólo desvirtuado, sino además regalado.
La palabra “regalar” es curiosa. Me imaginaba a Jesús, a Gandhi, a San Francisco, a San Bernardo, al Che, a la Madre Teresa, qué sé yo, a cualquier líder humanista o cristiano, diciendo “prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas”. ¿No parece un blooper semántico? ¿No se le traspapela, a la frase, su costado siniestro?
Pero no hay que exagerar. No es una frase religiosa, ni siquiera política. Es apenas la chicana del dueño de la vaca. Pero a propósito, para revisar también esa última instancia, la muerte, aplicada a slogans y discursos políticos, arrimo aquí una reflexión de Bertrand Russell, tomada de un reportaje que le hizo en 1965 el periodista desaparecido Enrique Raab: “En 1782, el patriota norteamericano Patrick Henry pergeñó la frase que dio rienda suelta a todos los nacionalismos. Dijo: ‘prefiero morir que seguir dependiendo de la Corona Británica’. Ahí comenzó el desastre; la fórmula hizo carrera. El día en que algún norteamericano diga ‘prefiero ser comunista antes que morir’, o que algún soviético grite ‘prefiero ser capitalista y no cadáver’, bueno, ese día se habrá producido una revolución en el pensamiento humano”.
Para Página 12- 19 de mayo de 2008
Por Sandra Russo
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas”, dijo Alfredo De Angeli. Ya no hace ninguna falta decir quién es De Angeli ni describir sus modos. La frase es de barricada, ya que uno tiende a creer que De Angeli, como cualquier ganadero, como cualquier persona con dos dedos de frente, preferiría vender barata una vaca antes que verla morir. ¿O no? ¿Pero y si fuera cierto? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona que de verdad, y no en forma figurada, prefiere ver morir a una vaca antes que venderla barata? En esta última pregunta fue necesario reemplazar el “regalarla” por el “venderla barata”, porque inequívocamente lo que quiso decir De Angeli fue eso. Pero el uso de “regalarlas” también merecerá, más adelante, un comentario.
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas” indica antes que nada que se es dueño de vacas que están a la venta. En rigor, es un eufemismo que refiere el valor de mercado que se le trata de imponer a una mercancía, la vaca, y el extremismo con el que se pretende defenderlo. No deja de ser, claro, una metáfora que nadie tomará por literal, pero por el hecho mismo de ser una metáfora que se interna en territorios semánticos con connotaciones que nada tienen que ver con el mercado, también es un acto nudista del lenguaje. Está sellado a fuego, para la opinión pública acrítica que se informa a través de los grandes grupos periodísticos, que las medidas del Gobierno obligarían a los ruralistas a “regalar” sus mercaderías. Las coberturas periodísticas de las asambleas de De Angeli nunca se alejan de su persona. Es lo que provoca a su alrededor De Angeli lo que les ha regalado, y sin comillas, la posibilidad de espectacularizar una protesta que esos medios siguen definiendo como “protesta”, sólo porque a esos mismos medios no se les ocurre irse un poco más allá, informativamente, del escenario en el habla De Angeli.
¿No es raro que en semejante crisis que ya superó hace rato el conflicto con “el campo”, jamás hayan aparecido, en los grandes medios, notas sobre los campesinos? ¿Vivimos en un país sin campesinos? ¿”El campo” estalla sin campesinos? ¿Y eso no es un hecho insólito en un país tan extenso? La Federación Agraria, vaciada de todo su contenido original, degenerada en su naturaleza de actor social con intereses y lectura propia, fagocitada por la melena canosa y patricia de Miguens, debería hablar de campesinos, no sólo de propietarios. La Sociedad Rural no ha necesitado exhibir ninguno de sus costados salvajes. Ahí los tiene a los muchachos de la Federación, que manejan mejor que ellos la barricada, para darle épica a la epopeya de las camperas de carpincho.
“Prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas” es una frase que contiene al De Angeli básico, y es otra prueba del inmenso poder simbólico que la Federación Agraria está poniendo al servicio de sus explotadores históricos. Como es improbable que esta crisis termine con una reforma agraria, como a veces parece esperar el otro, Buzzi, y algunas agrupaciones troskas, se diría que ese poder simbólico está siendo no sólo desvirtuado, sino además regalado.
La palabra “regalar” es curiosa. Me imaginaba a Jesús, a Gandhi, a San Francisco, a San Bernardo, al Che, a la Madre Teresa, qué sé yo, a cualquier líder humanista o cristiano, diciendo “prefiero ver morir a las vacas antes que regalarlas”. ¿No parece un blooper semántico? ¿No se le traspapela, a la frase, su costado siniestro?
Pero no hay que exagerar. No es una frase religiosa, ni siquiera política. Es apenas la chicana del dueño de la vaca. Pero a propósito, para revisar también esa última instancia, la muerte, aplicada a slogans y discursos políticos, arrimo aquí una reflexión de Bertrand Russell, tomada de un reportaje que le hizo en 1965 el periodista desaparecido Enrique Raab: “En 1782, el patriota norteamericano Patrick Henry pergeñó la frase que dio rienda suelta a todos los nacionalismos. Dijo: ‘prefiero morir que seguir dependiendo de la Corona Británica’. Ahí comenzó el desastre; la fórmula hizo carrera. El día en que algún norteamericano diga ‘prefiero ser comunista antes que morir’, o que algún soviético grite ‘prefiero ser capitalista y no cadáver’, bueno, ese día se habrá producido una revolución en el pensamiento humano”.
Para Página 12- 19 de mayo de 2008
martes, mayo 06, 2008
masai mara I
en el parque masai mara cae la tarde y se levanta el espeso olor a sabana el sol sangrante se esconde cercano, porque el parque es todo el mundo todo el universo de un leon solitario ha dormido todo el dia,pero sus ojos atentos miran entre la hierba q amarillea relampagueando a la brisa suave de la tarde
la impala joven, inexperta , ha levantado la cabeza y con la nariz húmeda otea el aire nerviosa, tiene programado el peligro, sus patas se mueven pero permanece en el mismo lugar ha sucumbido al aroma irresistible del abrevadero,y a las ansias de tres dias del leon.
la impala joven, inexperta , ha levantado la cabeza y con la nariz húmeda otea el aire nerviosa, tiene programado el peligro, sus patas se mueven pero permanece en el mismo lugar ha sucumbido al aroma irresistible del abrevadero,y a las ansias de tres dias del leon.
masai mara II
es mayo en el masai mara, como es mayo en el resto del mundo,pero alli el mundo es eso, es todo,el dia a pasado como pasan todos los dias lentos y a la vez indefinidos,la tarde noche se avecina,amodorrado el leon se levanta en las patas delanteras , estira las garras es un magnifico macho de pelaje dorado y negro en los flancos.Sacude se melena audaz y orgullosoSu estómago cruje, son varios dias sin comer, los restos de la gacela de ayer son solo huesos y unos colgajos secos de piel.abre la boca en un bostezo desganado,se relamepermanece en el mismo sitio el viento ha cambiado y la ha olidose agazapa pegandose a la tierra ,la sabana le cubre, cerca hay un abrevadero ha estado rondando estos dias un grupo de timidas impalas .El olor le enloquece, la siente cerca, ya la ha visto,es joven y esta sola bebe agua nerviosa dos sorbos y levanta la cabeza embriagada por la sed .El leon se acerca veloz como un rayo ha dado un salto imposible
viernes, abril 18, 2008
Terrorismo machista
A propósito de las víctimas y de los perpetradores
Por Carlos E. Sluzki *
Los escenarios de la violencia constituyen una arena particularmente fascinante en donde tienen lugar las “guerras de la memoria”, ya que en ese teatro intelectual aparecen una y otra vez nuevos paradigmas o interpretaciones de la realidad que son contrastadas con interpretaciones previas, mientras ideas en germen van poblando el campo y preparándolo para nuevas confrontaciones, favoreciendo así una evolución de la cultura. María Pía Lara (Narrating Evil: A Postmetaphysical Theory of Reflective Judgment, Nueva York, Columbia UP, 2007) observa que “las guerras de la memoria emergen a través de los esfuerzos críticos en sociedades que permiten que otras historias aparezcan en los debates públicos”. La evolución política y ética acontece, por lo tanto, en sociedades que permiten ese debate.
Cuando se habla o escribe acerca de actos de violencia, inevitablemente se refrendan descripciones previas o se proponen novedades acerca de lo que es, o debe ser considerado, aceptable e inaceptable (los parámetros políticos), de- safiando la definición de lo que es en ese momento considerado lo bueno y lo malo (los parámetros morales), o aun el bien y el mal (los juicios morales y a veces religiosos). Por lo tanto, toda discusión seria acerca de la violencia conlleva mucha responsabilidad.
Así, la emergencia de los modelos sistémicos en el mundo “psi” a partir de la mitad del siglo pasado sacudió hasta sus cimientos los modelos intrapersonales para entonces prevalecientes: la escena se desplazaba de las intenciones a los efectos, de las sombras interiores a las secuencias interpersonales de los actos. Las fronteras casi sagradas del self se hacían más translúcidas e imprecisas: ¿dónde termina uno y comienza el otro, y dónde la responsabilidad personal? ¿Cuál es la unidad mínima de análisis?
A su vez, una de las críticas más poderosas, que sacudió los fundamentos de la primera generación de modelos sistémicos en terapia familiar, emergió del movimiento feminista: si, en la exegesis de una situación dada de violencia, uno se limita a una lectura de interacciones recíprocas, es decir, si todo comportamiento “se debe a” un comportamiento previo de la otra parte, se escamotea todo juicio crítico acerca de los perpetradores de actos de violencia, en cuyo caso ¿dónde queda la responsabilidad personal?
Otra manera de decirlo es: la “puntuación de la secuencia de sucesos” (la decisión de dónde comienza una secuencia) es un acto político. En una lectura sin puntuaciones reina la impunidad moral. Si te pego “como resultado de” tus actos, si bien tus actos eran el resultado de mis actos previos, y mis actos previos el resultado de tus actos aún previos, y así retroactivamente hasta la memoria de los tiempos, nadie tiene que tomar responsabilidad por nada, o, aun mejor, uno puede culpar todo acto propio a un acto previo del otro.
Merece aclararse que no es que los terapeutas que operaban con una primera visión sistémica eran sujetos amorales que condonaran la violencia u operaran sin parámetros éticos. Por el contrario, eran exploradores que mantenían una doble óptica, una de las cuales se alojaba en el juicio moral y la otra, distanciada, estaba comprometida en un esfuerzo intelectual por mantenerse fieles a una epistemología novedosa: luchando contra los modelos intrapsíquicos dominantes en esa época, los teóricos y clínicos de la primera ola sistémica trataban de mantener una visión de los conjuntos humanos estables como sistema en acción –la internalidad de cada participante concebida como una “caja negra” definida como extraterritorial a los propósitos del modelo, y los parámetros de la cultura a lo sumo como constricciones funcionales–. Ese fanatismo es probablemente un ingrediente inevitable durante los comienzos del desarrollo de un modelo... siempre que uno no deje de lado la otra óptica.
La crítica feminista propugnaba una visión moral, una puntuación en la que sí había víctimas y perpetradores, en la que la lectura interactiva se definía a priori, ideológicamente, en defensa de las víctimas –generalmente mujeres, niños, ancianos– y en la denuncia de los perpetradores. Toda discusión acerca de los procesos sistémicos, se argüía, debía mantener un segundo plano, para preservar en primer plano la responsabilidad de los perpetradores, y evitar ser cómplices de las fuerzas sociales que tendían a justificarlos o a mistificar el sufrimiento de las víctimas.
La introducción de los modelos narrativos, otro cambio cualitativo en la evolución de las ideas sistémicas, transformó una vez más el debate: la violencia interpersonal emerge de esfuerzos para confirmar o disconfirmar elementos constitutivos del discurso privilegiado, incluyendo la distinción retórica entre autonomía y armonía, entre decisión propia y responsabilidad social. Las dimensiones políticas del discurso (y de la acción que contribuye a definir la realidad) adquieren así un primer plano.
Aun desde otro ángulo aparentemente discontinuo, el extraordinario proyecto del genoma humano y la nueva generación de investigaciones acerca de las proclividades genéticas –una perspectiva políticamente muy peligrosa ya que esconde el riesgo de un renacimiento de la eugenesia– trae al campo una nueva desestabilización: si agregamos al cóctel de lo relacional y lo cultural aun una pizca de proclividad genética, es decir, si entra en juego un componente genético que aumenta o disminuye en, digamos, un 10 por ciento la tendencia a reaccionar con violencia ante experiencias de frustración, o a asumir posiciones de dominancia o de sumisión, ¿cómo integramos esa información en una lectura sistémica/feminista/narrativa?
* Profesor de Salud Global y Comunitaria, de Análisis y Resolución de Conflictos y de Psiquiatría en la George Mason University y en la George Washington University. Visitará Buenos Aires para participar en el XI Congreso Metropolitano de Psicología de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA), del 3 al 5 de julio.
Por Carlos E. Sluzki *
Los escenarios de la violencia constituyen una arena particularmente fascinante en donde tienen lugar las “guerras de la memoria”, ya que en ese teatro intelectual aparecen una y otra vez nuevos paradigmas o interpretaciones de la realidad que son contrastadas con interpretaciones previas, mientras ideas en germen van poblando el campo y preparándolo para nuevas confrontaciones, favoreciendo así una evolución de la cultura. María Pía Lara (Narrating Evil: A Postmetaphysical Theory of Reflective Judgment, Nueva York, Columbia UP, 2007) observa que “las guerras de la memoria emergen a través de los esfuerzos críticos en sociedades que permiten que otras historias aparezcan en los debates públicos”. La evolución política y ética acontece, por lo tanto, en sociedades que permiten ese debate.
Cuando se habla o escribe acerca de actos de violencia, inevitablemente se refrendan descripciones previas o se proponen novedades acerca de lo que es, o debe ser considerado, aceptable e inaceptable (los parámetros políticos), de- safiando la definición de lo que es en ese momento considerado lo bueno y lo malo (los parámetros morales), o aun el bien y el mal (los juicios morales y a veces religiosos). Por lo tanto, toda discusión seria acerca de la violencia conlleva mucha responsabilidad.
Así, la emergencia de los modelos sistémicos en el mundo “psi” a partir de la mitad del siglo pasado sacudió hasta sus cimientos los modelos intrapersonales para entonces prevalecientes: la escena se desplazaba de las intenciones a los efectos, de las sombras interiores a las secuencias interpersonales de los actos. Las fronteras casi sagradas del self se hacían más translúcidas e imprecisas: ¿dónde termina uno y comienza el otro, y dónde la responsabilidad personal? ¿Cuál es la unidad mínima de análisis?
A su vez, una de las críticas más poderosas, que sacudió los fundamentos de la primera generación de modelos sistémicos en terapia familiar, emergió del movimiento feminista: si, en la exegesis de una situación dada de violencia, uno se limita a una lectura de interacciones recíprocas, es decir, si todo comportamiento “se debe a” un comportamiento previo de la otra parte, se escamotea todo juicio crítico acerca de los perpetradores de actos de violencia, en cuyo caso ¿dónde queda la responsabilidad personal?
Otra manera de decirlo es: la “puntuación de la secuencia de sucesos” (la decisión de dónde comienza una secuencia) es un acto político. En una lectura sin puntuaciones reina la impunidad moral. Si te pego “como resultado de” tus actos, si bien tus actos eran el resultado de mis actos previos, y mis actos previos el resultado de tus actos aún previos, y así retroactivamente hasta la memoria de los tiempos, nadie tiene que tomar responsabilidad por nada, o, aun mejor, uno puede culpar todo acto propio a un acto previo del otro.
Merece aclararse que no es que los terapeutas que operaban con una primera visión sistémica eran sujetos amorales que condonaran la violencia u operaran sin parámetros éticos. Por el contrario, eran exploradores que mantenían una doble óptica, una de las cuales se alojaba en el juicio moral y la otra, distanciada, estaba comprometida en un esfuerzo intelectual por mantenerse fieles a una epistemología novedosa: luchando contra los modelos intrapsíquicos dominantes en esa época, los teóricos y clínicos de la primera ola sistémica trataban de mantener una visión de los conjuntos humanos estables como sistema en acción –la internalidad de cada participante concebida como una “caja negra” definida como extraterritorial a los propósitos del modelo, y los parámetros de la cultura a lo sumo como constricciones funcionales–. Ese fanatismo es probablemente un ingrediente inevitable durante los comienzos del desarrollo de un modelo... siempre que uno no deje de lado la otra óptica.
La crítica feminista propugnaba una visión moral, una puntuación en la que sí había víctimas y perpetradores, en la que la lectura interactiva se definía a priori, ideológicamente, en defensa de las víctimas –generalmente mujeres, niños, ancianos– y en la denuncia de los perpetradores. Toda discusión acerca de los procesos sistémicos, se argüía, debía mantener un segundo plano, para preservar en primer plano la responsabilidad de los perpetradores, y evitar ser cómplices de las fuerzas sociales que tendían a justificarlos o a mistificar el sufrimiento de las víctimas.
La introducción de los modelos narrativos, otro cambio cualitativo en la evolución de las ideas sistémicas, transformó una vez más el debate: la violencia interpersonal emerge de esfuerzos para confirmar o disconfirmar elementos constitutivos del discurso privilegiado, incluyendo la distinción retórica entre autonomía y armonía, entre decisión propia y responsabilidad social. Las dimensiones políticas del discurso (y de la acción que contribuye a definir la realidad) adquieren así un primer plano.
Aun desde otro ángulo aparentemente discontinuo, el extraordinario proyecto del genoma humano y la nueva generación de investigaciones acerca de las proclividades genéticas –una perspectiva políticamente muy peligrosa ya que esconde el riesgo de un renacimiento de la eugenesia– trae al campo una nueva desestabilización: si agregamos al cóctel de lo relacional y lo cultural aun una pizca de proclividad genética, es decir, si entra en juego un componente genético que aumenta o disminuye en, digamos, un 10 por ciento la tendencia a reaccionar con violencia ante experiencias de frustración, o a asumir posiciones de dominancia o de sumisión, ¿cómo integramos esa información en una lectura sistémica/feminista/narrativa?
* Profesor de Salud Global y Comunitaria, de Análisis y Resolución de Conflictos y de Psiquiatría en la George Mason University y en la George Washington University. Visitará Buenos Aires para participar en el XI Congreso Metropolitano de Psicología de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA), del 3 al 5 de julio.
miércoles, marzo 26, 2008
Miguel Abuelo

No es la matemática la que determina cuándo finaliza una década, sino los hechos y para el rock vernáculo los 80 terminaron el 26 de marzo de 1988, día en que murió Miguel Abuelo.
Calamaro dice:
"Miguel fue [es] el poeta, con mayúsculas: popular, sofisticado, callejero, irreverente, cercano y bailarín -lo recuerda Andrés Calamaro-. Sus versos de esperanza, de claridad, de ilusión; pícaros, eróticos, sociales. Cuando la Presidenta se estrenó en la investidura, Mercedes [Sosa] cantó el "Himno de mi corazón: «Tengo confianza en la balanza que inclina mi parecer». Hay que volver sobre las cosas que escribió Miguel, superan la nostalgia... Es mucho más importante de lo que creemos recordar. Habría que recitar unos versos de Miguel todos los días al despertar y viviríamos una vida mejor en un mundo mejor".
Calamaro dice:
"Miguel fue [es] el poeta, con mayúsculas: popular, sofisticado, callejero, irreverente, cercano y bailarín -lo recuerda Andrés Calamaro-. Sus versos de esperanza, de claridad, de ilusión; pícaros, eróticos, sociales. Cuando la Presidenta se estrenó en la investidura, Mercedes [Sosa] cantó el "Himno de mi corazón: «Tengo confianza en la balanza que inclina mi parecer». Hay que volver sobre las cosas que escribió Miguel, superan la nostalgia... Es mucho más importante de lo que creemos recordar. Habría que recitar unos versos de Miguel todos los días al despertar y viviríamos una vida mejor en un mundo mejor".
martes, marzo 25, 2008
universitat
Bombas
ARTURO San Agustín
Hay que ir a ver la exposición Cuando el refugio era el subsuelo, que puede visitarse en el vestíbulo de la estación de metro de Universitat. Aunque solo sea para enterarnos de que también Barcelona fue una ciudad bombardeada. Cada tres horas, una nueva ración de bombas.Bombardeada por los aviones de Mussolini, que, en los noticiarios italianos, eran descritos como águilas de acero. Y, ya puestos, quizá convendría recuperar un reportaje de la BBC donde se demuestra que Fidel Castro aprendió, copió sus poses discurseras o mitineras del dictador italiano. Nada es casual.Hasta hace poco, de la Barcelona bombardeada apenas se hablaba. Todos sabíamos que Gernika fue bombardeada y por eso, en su día, las novias del comunismo tenían en una de las paredes de sus pisos una reproducción de ese cuadro de Picasso. El Guernica o sus infinitas reproducciones es el cuadro que ha visto más orgasmos marxistas fingidos. Pero de los bombardeos sobre Barcelona solo hablaban algunos historiadores. Y mi querido José Agustín Goytisolo, a quien le mataron la madre, Julia, cerca del cine Coliseum, y, desde aquel día, ya nada fue lo mismo para el poeta.También se hablaba mucho de los bombardeos sobre Barcelona en la Barceloneta. En la Barceloneta nunca han olvidado ni los bombardeos, ni los refugios subterráneos ni aquellos mensajes propagandísticos que siempre acababan así: "La Generalitat vetlla per vosaltres". Y se ve que aquello les servía. Me refiero a los mensajes propagandísticos, claro, porque nadie pone en duda las vidas que salvaron los refugios subterráneos y las estaciones de metro. "La Generalitat vetlla per vosaltres". Entonces los catalanes aún creían en la Generalitat.De todas aquellas bombas sobre Barcelona, de todos aquellos muertos barceloneses se ha hablado poco hasta ahora. Y del ingeniero Ramon Parera aún se ha hablado menos. Y, sin embargo, fue él quien hizo posibles algunos de los refugios subterráneos. Algunos, porque la mayoría se realizaron gracias al empuje ciudadano, eso que ahora llaman el tejido asociativo
para El periódico de Catalunya.
ARTURO San Agustín
Hay que ir a ver la exposición Cuando el refugio era el subsuelo, que puede visitarse en el vestíbulo de la estación de metro de Universitat. Aunque solo sea para enterarnos de que también Barcelona fue una ciudad bombardeada. Cada tres horas, una nueva ración de bombas.Bombardeada por los aviones de Mussolini, que, en los noticiarios italianos, eran descritos como águilas de acero. Y, ya puestos, quizá convendría recuperar un reportaje de la BBC donde se demuestra que Fidel Castro aprendió, copió sus poses discurseras o mitineras del dictador italiano. Nada es casual.Hasta hace poco, de la Barcelona bombardeada apenas se hablaba. Todos sabíamos que Gernika fue bombardeada y por eso, en su día, las novias del comunismo tenían en una de las paredes de sus pisos una reproducción de ese cuadro de Picasso. El Guernica o sus infinitas reproducciones es el cuadro que ha visto más orgasmos marxistas fingidos. Pero de los bombardeos sobre Barcelona solo hablaban algunos historiadores. Y mi querido José Agustín Goytisolo, a quien le mataron la madre, Julia, cerca del cine Coliseum, y, desde aquel día, ya nada fue lo mismo para el poeta.También se hablaba mucho de los bombardeos sobre Barcelona en la Barceloneta. En la Barceloneta nunca han olvidado ni los bombardeos, ni los refugios subterráneos ni aquellos mensajes propagandísticos que siempre acababan así: "La Generalitat vetlla per vosaltres". Y se ve que aquello les servía. Me refiero a los mensajes propagandísticos, claro, porque nadie pone en duda las vidas que salvaron los refugios subterráneos y las estaciones de metro. "La Generalitat vetlla per vosaltres". Entonces los catalanes aún creían en la Generalitat.De todas aquellas bombas sobre Barcelona, de todos aquellos muertos barceloneses se ha hablado poco hasta ahora. Y del ingeniero Ramon Parera aún se ha hablado menos. Y, sin embargo, fue él quien hizo posibles algunos de los refugios subterráneos. Algunos, porque la mayoría se realizaron gracias al empuje ciudadano, eso que ahora llaman el tejido asociativo
para El periódico de Catalunya.
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