
domingo, enero 06, 2008
miércoles, enero 02, 2008
Boogie el aceitoso

martes, enero 01, 2008
deseo
este deseo
que se curen los enfermos y que los presos vuelvan a casa
viernes, diciembre 28, 2007
martes, diciembre 25, 2007
Indio mexicano

sábado, diciembre 22, 2007

¿Qué es lo que le dio estatura de gigante al músico que, huyendo de las oscuridades que lo acosaban en Europa, vivió aquí seis años de altísima intensidad? Luca Prodan fue un frontman que se comía el escenario, pero además contó con la compañía de una banda capaz de arrasar con todo, generar climas oscurísimos o dejar caer un reggae delicioso. Demasiado para no quedar en la historia.
Por Eduardo Fabregat.
Comenzar el recordatorio de la figura de Luca Prodan con una anécdota personal no parece tener ninguna lógica, pero hace al caso. En 1983, este cronista debutaba en el mercado laboral con un puesto de cadete en una agencia de publicidad: allí, en el reducido cubículo de Expedición, abundaban los lunes en los que otro chepibe apodado El Prócer llegaba, se tiraba en una silla, achicaba los ojos y soltaba: “El sábado fui a ver a la banda del Pelado”. Lo que seguía era una larga perorata sobre el irresistible encanto de un grupo que tanto podía pasarte por encima como largar un reggae hipnótico de diez minutos de duración, puntuado por encendidos discursos en italiano. Porque el Pelado era italiano aunque también cantaba en inglés, abundaba El Prócer, y de vuelta al Pelado y al convencimiento de que quien se perdía a Sumo se estaba perdiendo la mejor banda del país.
Que en 1984 la progresión del relato fuera del Pelado italiano a la increíble banda que lo rodeaba resultaba –ya entonces– una fiel síntesis de lo que significó, lo que aún significa, Luca Prodan para el rock argentino. Hay toda una generación que no vio al cantante en escena, pero no cabe ninguna duda de que Luca es un icono indiscutido de la patria rockera. La breve pero imponente obra que dejó Sumo sirve para realimentar esa convicción toda vez que se quiera encender la compactera, pero es también lo que sucede cuando un artista toma magnitud de leyenda. Y aunque es cierto que toda leyenda encuentra su mejor alimento en la necrofilia (no por nada se habla de la leyenda y la leyenda viviente), también ocurre que Prodan consigue transmitir en las grabaciones algo de la intensidad que tenía su presencia en vivo. El Prócer tuvo el privilegio de verlo en la escala de pub (¡El Prócer tenía una de las 300 copias de Corpiños en la madrugada!); este cronista recién vio a Sumo en 1986, cuando presentaba Llegando los monos, y le dejó una impresión indeleble. Luca se adueñaba del escenario y tenía un imán en la pelada, cantaba “Heroin” y se frotaba la calva y le ponía tal garra que más de uno quería que cerrara de una vez y al mismo tiempo que no terminara nunca. Y después pasaba el mozo con la bandeja, y de repente todo se iba al cuerno con “Fuck you” o “El ojo blindado”. Sumo ya era un grupo grande, capaz de llenar dos Obras en una época en que eso suponía un esfuerzo supremo. Y Prodan, hombre de mil lugares y cientos de viajes, había encontrado un lugar sólido como una roca.
La biografía es casi de dominio público: Luca Prodan, nacido el 17 de mayo de 1953 en Roma, hijo de un italiano y una escocesa, languideciendo primero en un exclusivísimo colegio escocés y estallando luego en la Londres punk, más devoto de Joy Division que de Sex Pistols (“A Sid Vicious lo conocí, era un idiota”, cita Pettinato en La jungla del poder), cargando con el suicidio de su hermana Claudia, de novio con la heroína; Luca buscando refugio en las sierras cordobesas junto a Timmy McKern, Germán Daffunchio, Alejandro Sokol y Stephanie Nuttal; Luca en Hurlingham, donde comenzó a cruzar su destino con Diego Arnedo, con Roberto Pettinato, Superman Troglio y Ricardo Mollo; Sumo debutando en el pub Caroline de El Palomar; Sumito, Ojos de Terciopelo y la Hurlingham Reggae Band; Sumo imponiéndose en una escena post Malvinas con Luca cantando en inglés. Luca compartiendo escenario en Cemento con los Redondos –ese otro calvito– en una inolvidable versión de “Criminal mambo” inmortalizada en casetes piratas de la época; Luca y los tres discos oficiales de Sumo, que modificaron las coordenadas del rock hecho acá. Así dibujada, la historia parece lineal, un argumento cinematográfico: la ignominiosa adaptación televisiva con Luis Luque, el fracaso de películas como Luca vive de Jorge Coscia, demuestra que nada en la vida de Prodan fue lineal. Que Luca, el documental que Rodrigo Espina acaba de estrenar en el circuito rockero, dibuje el mejor retrato del músico apelando a su propia voz guardada en cintas de valor incalculable, es otra confirmación. El problema con las leyendas es la manera en que confunden persona y personaje.
Una noche en New York City
El big bang de Sumo tuvo lugar en la paz cordobesa en 1981: a la luz del rock argentino modelo 2007, no es una exageración hablar de prehistoria. Apelando a la convención de que todo comenzó en 1966 con los náufragos de La Cueva, parece claro que el movimiento local apenas si se estaba probando los largos. Han pasado más años desde la muerte de Luca que los que el rock tenía de existencia cuando el italiano aterrizó en este país, encontrándose con una escena extraña. Prodan, testigo presencial de un momento clave en la escena inglesa –en la historia de la música contemporánea–, cayó en un medio que sufría las consecuencias de la ubicación geográfica, años de mordazas culturales e inestabilidad económica. El, que había visto cómo la ola punk y postpunk habían barrido con el mito hippie y la artificiosidad sinfónica, no podía entender las variables que movían (pequeñas) multitudes aquí. Resulta curioso que Luca haya dedicado más de una parrafada ofensiva a Virus, que en ese 1981 ofrecía el único rapto de modernidad, la única sintonía fina con lo que sucedía en el resto del mundo, en su debut Wadu Wadu; por fuerza, debía resultarle más vomitiva la abundancia de ensambles de jazz rock que el instinto new wave de los Moura.
Para cuando Luca bajó de Córdoba a Buenos Aires, dejando tras de sí las artesanales grabaciones que luego se editarían como Time fate love, algo estaba empezando a cocinarse, y Sumo sería un ingrediente necesario. Justo antes de la Guerra de Malvinas, el entonces periodista Pettinato se encargó de amplificar, a través de Expreso Imaginario, el efecto que los shows del grupo en general y el cantante en particular producían en el público que los seguía por pubs y clubs de barrio. El 20 de marzo, el festival Rock del sol a la luna en el estadio de Estudiantes de Buenos Aires incluyó a Sumo (con la palabra “London” entre paréntesis) en un cartel encabezado por Riff y Orions: el laudatorio comentario de Pettinato en la revista Le Cirque comenzaría a pavimentar su camino de ingreso a la banda, así como la actitud de Luca en escena (que se atrevió a desafiar a un intocable como Pappo a “correr una carrera tomando vodka”) empezó a instalar la imagen de ese tipo que se comía el escenario.
El delirio de Galtieri y sus secuaces y la prohibición de todo lo anglo solo puso un freno temporario al inevitable ascenso. Lejos de sintonizar con el pretendido espíritu general, Prodan se animó a salir a cantar con un colador en la cabeza, asegurar que “las Malvinas son italianas”, y que los italianos bombardearían a la Argentina con fideos. La única incógnita en el grupo fue impuesta por el mismo Luca, que en 1984 fue al reencuentro de su hermano Andrea en Túnez –donde rodaba una miniserie para la RAI–, se convenció de que en Roma y en Londres ya no había nada para él y volvió para terminar de consolidar la historia. Buenos Aires ya era otra cosa: caída la dictadura y con la efervescencia cultural producida por el regreso a la democracia, Sumo encontró un terreno mucho más fértil. Bastó que Walter Fresco los viera un pub para que convenciera a CBS (hoy Sony BMG) de grabarles un disco. Ninguno de los músicos recuerda con mucha simpatía lo que fue grabar Divididos por la felicidad. Pero allí quedaron registradas nada menos que “El reggae de paz y amor”, “Mejor no hablar de ciertas cosas”, “Kaya” y “Debede”. Y bastó que en Radio del Plata sonara “La rubia tarada” para que el Pelado Italiano y los demonios que lo rodeaban dejaran de ser el secreto del Prócer y los acólitos de pub para convertirse en patrimonio general. La leyenda echó a andar.
El chabón de los monos
En el Suplemento NO del jueves pasado, y tal como puede apreciarse en la reproducción de estas páginas, el humorista Gustavo Sala ironizó sobre el mito fundado en esos años: así como una verdadera legión de gente afirma haber estado en los shows de Patricio Rey en La Esquina del Sol, Luca Prodan parece haberse tomado una ginebrita con una larga fila de confidentes ocasionales. Quizá tenga que ver con la célebre estrofa “Basta! Me voy rumbo a la puerta, y después al boliche a la esquina a tomar una ginebra con gente despierta”, o con la conocida costumbre del músico de trabar diálogo con una variopinta galería de personajes urbanos. Lo cierto es que, a partir de ese 1985 y especialmente en 1986, el pelado dejó de ser un secreto. Si la grabación de Divididos por la felicidad había sufrido las consecuencias del apuro, de la inmediatez de aprovechar esa oferta de un sello major, el segundo disco vino a marcar un punto mucho más alto, y el más parejo nivel compositivo del calvo cantante. Fogueadísima en el vivo, la banda entró con otra seguridad al estudio: que el estudio fuera Panda, que el ingeniero fuera Mario Breuer en lugar de un señor de guardapolvo acostumbrado a hacer un mero registro correcto desde lo técnico, ayudó a que Llegando los monos sea lo que es. Un disco tan potente como “El ojo blindado” o “Nextweek”, tan profundo como “Estallando desde el océano”, tan oscuro como “Cinco magníficos” y “Heroin” y tan entrador como “Los viejos vinagres”, ese otro himno, o “No good”, para recordar a todo el mundo lo bien que Sumo tocaba reggae.
Casi todas las versiones coinciden en señalar que el proceso de grabación de After chabon se pareció bastante a un parto, en especial porque ese último año Luca se dejó ir. Sus compañeros de banda estaban habituados a esa sensación de “Luca se va a morir”, pero la vida del Pelado se desbarrancaba de modo ostensible, como si se hubiera dado por satisfecho con todo lo logrado en Argentina después de haber dado todo por perdido en Europa, y ya no le interesara demasiado nada. Eso lleva a cierta suposición de que After chabon es más flojo, pero en todo caso será más flojo en la apreciación de los músicos que vivieron su construcción o en el análisis de la prensa: para el oyente, Sumo se despidió con un álbum tan notable como para contener la contundente “Lo quiero ya”, el melancólico reggae “La gota en el ojo”, las gaitas de “Crua chan”, el galopante bajo de “Banderitas & globos”, la deforme versión de “Noche de paz” que años después copiarían los Die Toten Hosen y, claro, “Mañana en el Abasto”. La temática –y la belleza– de esa canción hace que se lamente también la muerte de Luca “justo cuando empezaba a porteñizarse en sus canciones”, pero la canción de un Abasto que ya no existe parece más bien otro de los recursos creativos de Luca, el mismo que, bajo el clima disco de “Hola Frank”, anuncia que se va a poner azul, que va a yacer en su cama.
En la noche del 21 al 22 de diciembre de 1987, Luca Prodan yació definitivamente en su cama, derrotado no por la heroína sino por una cirrosis. Hoy la pensión de San Telmo es declarada “de interés cultural”, el cementerio de Avellaneda aún recibe peregrinos que le dejan un botellín y la pelada italiana se multiplica en remeras, mochilas, carpetas, posters, tarjetas, cualquier pieza de identificación de un público al que no le importa no haberlo visto sobre tablas, en patas, transpirado, sangrando, frotándose la calva, apuntando con el dedo mientras advierte que “sería bueno que pidieras que la tierra se mueva”, aterrando y atrayendo: las canciones dicen lo suficiente. Y cuentan con la amplificación eterna de la historia y la leyenda, esa materia de próceres
domingo, diciembre 09, 2007
Ave Porco, Indio Solari

–Veo mucha televisión, pero no me gustaría estar ahí. Hay una protección, aunque ha fracasado, la sigo manteniendo. Con la notabilidad que tengo me llevo para la mierda, más que eso no toleraría. Yo no tengo nada para decir... doy esta serie de reportajes para avisar que tengo un trabajo en la calle. Pero no tengo interés de decir cosas. Sí de manera artística y con lenguaje artístico. Pero no tengo otra cosa para opinar, ni para decir. Y creo que, en realidad... (hace un largo silencio) A veces uno prefiere callar; cuando uno habla, termina diciendo cualquier pelotudez.
domingo, diciembre 02, 2007
El Indio Solari

jueves, noviembre 22, 2007
Amor libre
miércoles, noviembre 21, 2007
Juan Román, autentico
Por Alejandra Ruffo
No mira a los ojos cuando habla. En ningún momento. Juan Román Riquelme cuenta anécdotas, se entusiasma, se enoja, pero no levanta la mirada. Y se ríe poco, casi nada. Sólo cuando se siente entre los suyos las sonrisas empiezan a surgir, y se ve al chico de potrero que nunca dejó de ser.
Pasar una tarde en la casa de Román fue simplemente una cadena de casualidades. Un amigo de su infancia que se crió con él en la villa, mientras hace trabajos de albañilería, comenta que lo conoce y propone el encuentro. La desconfianza, las dudas, pero finalmente la decisión de creer en esa historia y aceptar la invitación de visitar la casa de Riquelme.
La casa es en Don Torcuato, en un barrio privado separado sólo por una vía de la villa, el lugar donde el jugador de la Selección aprendió a conocer a la pelota. Nunca quiso irse de ese barrio, por eso con sólo asomarse a una ventana puede ver lo que fue su mundo cuando nadie sabía quién era.
En el camino a Don Torcuato, su amigo me cuenta anécdotas, me habla de la infancia de Román, de la vida en la villa. Yo en realidad estoy muy nerviosa, todavía sin saber si en realidad voy a la casa de Riquelme o dónde puedo llegar a terminar... Hasta que llegamos al barrio y nos recibe la madre de mi acompañante, el verdadero contacto, que lo conoce a Román desde que era un chico. Nos pide que la sigamos y nos lleva a la casa del ídolo: el corazón late fuerte, la historia era verdad. “Román está durmiendo la siesta, tenemos que venir en un rato”, se disculpa la mujer y me invita a esperar en su casilla. Asustada por prejuicios tontos, acepto la invitación y espero.
Entre chicos que corren detrás de una pelota vieja, caminamos por los pasillos angostos hasta llegar a la casa. La anfitriona nos ofrece sentarnos en un patio muy chico y comienza con su labor de todas las tardes: cocinar panes a carbón sobre chapas. Los vecinos van llegando y esperan por ese pan que será su merienda, mientras los perros olfatean el piso buscando alguna miga. El sol va cayendo, el olor a pan caliente nos abre el apetito y la ansiedad es cada vez mayor. Cuando ya me empiezo a preguntar si realmente todo eso se irá a concretar, suena un teléfono y escucho lo que esperaba: “Román dijo que podemos ir”.
De nuevo cruzar la vía, de nuevo en la puerta del barrio y, esta vez, el portón abierto. La primera casa a la vista, con un leve tono amarillo, muy amplia y de dos pisos, es el lugar que tanto esperé conocer. En una entrada lateral, vestido de jeans y zapatillas, Juan Román Riquelme nos abre la puerta y nos saluda, con algo de timidez. No me mira, ni a mí, ni a quienes me acompañan. Ni lo va a hacer en el resto del encuentro. Atravesamos el parque, costeamos una piscina y pasamos a un quincho, donde hay un amigo que parece el verdadero anfitrión: es quien trae las sillas, quien ceba mate, quien nos saca fotos y quien rompe el hielo. La tarde en la casilla se calienta aún más por los nervios, pero el clima se va atenuando con el pasar de los minutos.
Sentados a una mesa larga, entre mate y mate, Román se empieza a soltar: habla de la Selección, de Boca, de fútbol. Habla, pero también patea una pelota: realmente, la tiene atada a los pies. También menciona a sus enemigos más temidos: los periodistas. Todo el tiempo mira el televisor y hace un comentario de cada personaje que aparece, repite cosas que escucha y, sobre todo, las críticas de los periodistas deportivos. Está informado, las conoce con puntos y comas. Sabe lo que dicen de él y le molesta. No sabe, porque no me animo a decirle, que está hablando con una futura periodista.
Después de más de una hora de charla empiezan a llegar más visitas, son “los amigos del barrio”, que entran y salen del ambiente como si estuvieran en su casa. Sus caras le cambian la expresión a Román, que ahora se divierte y bromea, dice que no le importan ni la fama ni la noche, que lo que más disfruta es comer un asado con ellos. También llega su hermano Cristian y se desinhibe del todo: “Este es el secuestrado”, dice riendo. La humildad se respira. En ningún momento de las horas que dura la visita demuestra incomodidad por la intromisión. Evidentemente, las puertas de su casa están abiertas.
Entre los suyos, Román es otra persona. El personaje preocupado por las críticas queda atrás y aparece la esencia: un chico de barrio, de 29 años, que lo que más quiere es jugar a la pelota, sin flashes y sin periodistas; en el potrero y con sus amigos.
sábado, noviembre 10, 2007
Doris

viernes, octubre 26, 2007
Marcel.li Antunez Roca
jueves, octubre 25, 2007
Hegel y el cristianismo

viernes, octubre 12, 2007
Premio Novel 2007

Hija de un oficial del ejército británico que perdió una pierna en la guerra y se enamoró de su enfermera, Doris May Taylor nació el 22 de octubre de 1919 en Kermanshah, en Persia (actual Bajtarán, en Irán). A los seis años la familia se trasladó a Rodhesia del Sur, actual Zimbabwe, en busca de mejores condiciones de vida. Su infancia en la granja fue reflejada en su novela Dentro de mí, de 1994. En una reciente entrevista se preguntó cuál sería el sentido de volver. “¡Todo el país se fue por la cloaca! Ya casi no me quedan amigos vivos y mis hijas se mudaron a Sudáfrica. Además, en Zimbabwe ya no encontraría el cielo de noches estrelladas que tanto extraño de mi niñez, lo tapó la polución. En Inglaterra tampoco es posible, pero cuando viajé a la Argentina hace años, en el Norte, lo encontré igualito. También me gustó ir al Hipódromo en Buenos Aires y ver a toda esa gente rica que tuvo niñeras inglesas, ¿se puede creer? Tengo amigos allí, me gustaría volver.”Doris Lessing
martes, octubre 09, 2007
Definirte
lunes, octubre 08, 2007
Les adelanto una pequeña noticia

sábado, octubre 06, 2007
Ernesto Guevara de la Serna

miércoles, octubre 03, 2007
Abortar
Perturbaciones psíquicas fuertes preceden y acompañan muchas veces al aborto. La imposibilidad material, emocional o espiritual de hacerse cargo se complejiza por la clandestinidad, retroalimentadora de vivencias de oprobio, culpa y castigo.
Sin embargo, una parentalidad asumida implica, amén del anhelo compartido del nacimiento de un niño, la responsabilidad ante su condición de alter. Cabe preguntarse si es válida la expresión “fruto de la concepción” cuando no hubo un proyecto de ambos miembros de la pareja.
Las justificaciones para la interrupción artificial de un embarazo responden a causales de diversa índole: la más elemental es la imposibilidad de acceder a un yo mater en la crianza de un niño, sea por tener ya muchos, o porque el embarazo fue precedido de una defraudación amorosa, o por temores sobre fallas genéticas, o por su origen extramatrimonial.
La opción de abortar puede responder a una decisión elaborada entre ambos miembros de la pareja. Si la mujer lo decide unilateralmente, las consecuencias varían según las mociones desiderativas del partenaire: desde el alivio, un lavarse las manos, cuando prima la falta de compromiso, hasta el dolor, la desilusión, las depresiones en sujetos masculinos que anhelaban concretar una paternidad responsable. A la práctica del aborto puede seguir la ruptura de la pareja, en el marco de una retroalimentación de vivencias de vacío y pérdida.
A la opción de abortar no es ajena la influencia de patrones culturales en torno al delicado tema de la vida sexual, así como el hecho de que la progresión de un embarazo, tarde o temprano, no se puede ocultar y ello patentiza la cópula que le dio origen. En algunos casos, la censura del medio ambiente funciona como dique ante la vergüenza social, tratándose de una maternidad no legitimada por lazos filiatorios, marcada por una defraudación amorosa –abandono, infidelidad– o por desigualdades sociales marcadas. Así, una joven puede verse inducida a un aborto por responder a un modelo de acto sacrificial, salvador de la honra de los padres.
Otras veces, los progenitores vehiculizan discursos admonitorios proaborto para enmascarar resentimientos, como la rivalidad materna o la posesividad celotípica en padres despóticos. Así, la actitud “proabortista” de una joven a veces encubre defensas maníacas de triunfo sobre el objeto desde una pasividad extrema y formas de sumisión a mandatos generacionales.
Por ello es importante, al elaborar la toma de decisión, mirar hacia atrás para evaluar: la calidad de los procesos identificatorios con la pareja parental; la propia historia infantil; antecedentes de abortos maternos; hermanos, vivos o muertos, ya que podría tratarse de un intento de aplacar a la figura materna para eludir, por ejemplo, la rivalidad comparativa del número de hijos u otros factores determinantes.
Desde otro vértice, los estudios psicoanalíticos han observado, en el curso de las psicoterapias, fantasías conscientes e inconscientes ligadas a problemáticas de duelo por vivencias de pérdida de partes de sí, del cuerpo propio. Ello, en el marco de una indiferenciación adentro-afuera y una identificación con el feto desprendido.
Importa enfatizar que la decisión de llevar a la práctica un aborto y practicarlo suele constituir un hecho traumático, cuyos efectos persistentes varían según los casos. En todo caso, no es remisible a una cuestión de orden exclusivamente médico-biológico-reproductivo.
En síntesis: es importante la instancia de decisión ante un embarazo no deseado: asumir la impensada maternidad, dar en adopción o abortar. Todas las opciones implican efectos a corto, mediano y largo plazo irreversibles, para la mujer y su entorno –pareja, otros hijos, sus progenitores, etcétera–.
1. Al asumir el embarazo: en el “hacerse cargo” conviene propender al análisis minucioso de las condiciones socioambientales, para proveer un medio suficientemente bueno que albergue al niño, y considerar los recursos futuros.
2. Al dar en adopción: se destaca la importancia de un plan médico-psicológico-social que atienda las necesidades, tanto sanitarias como emocionales, de la joven preñada y su seguimiento posterior al nacimiento. Interesa evaluar la plasticidad del entorno social, ya que en condiciones no suficientemente contenedoras puede ser necesario el cambio de hábitat.
3. En cuanto a la decisión de acceder a un aborto inducido, cabe destacar que sus efectos suelen ser traumáticos; no debiera constituir una práctica indiferente. Su aplicación, en situaciones debidamente especificadas y ponderadas, no tendría que trascender hacia una recomendación amplia.
Su estudio requiere un debate amplio y desprejuiciado, acompañado de criteriosas políticas de salud.
Desde mi tarea en la prevención de las diversas formas de abandono, maltrato y abuso sexual infantil, no me caben dudas de que, en nuestro medio, debe responderse con urgencia al requerimiento de formas extendidas de educación sexual. Los slogans anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir resultan inútiles si no se acompañan con medidas adecuadas de educación sexual.
Por Esther Romano *
* Médica especialista en psiquiatría y medicina legal. Psicoanalista titular didacta de APA.
sábado, septiembre 29, 2007
Ramones
Casi desairados en el resto del mundo, habían encontrado en nuestro país un amor incondicional y desmesurado que los llevó a regresar en seis oportunidades desde su debut en 1987 en el Estadio Obras. Hoy, once años después de ese ya lejano y gigantesco “no va más”, el baterista Marky Ramone vuelve a la Argentina para homenajear a su banda junto a músicos de Expulsados, Los Violadores, Bulldog y El Otro Yo. ¿Cuál es el plan? “Tocar temas de los Ramones, divertirse y poder disfrutar de una música que fue única e irrepetible”, explica Marky del otro lado de la línea.
Ingresado al grupo en 1978 luego de la partida de Tommy Ramone, este señor de 51 años que se esconde bajo el terrenal nombre de Marc Bell participó en ocho de los catorce discos oficiales que editaron los neoyorquinos, y fue el responsable de la producción de End of the Century, quizá la mejor radiografía de su banda y lo que significó la movida punk en Estados Unidos en la década del ‘70. “Cuando me vinieron a ver para hacer el documental no estaba muy seguro, porque quienes llevaban el proyecto adelante tenían su propia idea de los Ramones. A ellos les interesaba mostrar más que nada las peleas y el costado oscuro, algo que se puede observar claramente en la película. Yo hubiera preferido quedarme con la parte más divertida.”
–Cuando comenzaron en el CBGB compartían escenario con Television, Talking Heads, Blondie y otros artistas. ¿Quiénes eran los más talentosos?
–The Ramones. Eramos los mejores. Teníamos un sonido propio, canciones originales y el mejor look de todos los músicos que entraban al CBGB. ¿Si éramos buenos? Realmente no podría afirmar eso, pero sí te puedo decir que fuimos únicos y diferentes a todos. Había cientos de buenos músicos todavía, pero los Ramones inventamos un estilo que perdura hasta hoy.
–¿Por qué en todos estos años no ha salido otra banda de las mismas características que The Ramones?
–Porque fue algo único y porque solamente existieron cuatro individuos con la misma química para tocar ese tipo de música. Y eso no se volverá a repetir. Pero fue muy duro llegar a ser The Ramones, como fue duro el hecho de que toda esa presión estuviera centrada sobre cuatro tipos. Estuvimos en el lugar indicado en el momento indicado y éramos quienes éramos, además de sentirnos influenciados por un montón de música. Creo que... simplemente sucedió.
–Estuvieron varias veces en la Argentina y siempre fueron acosados por el público: los esperaban en el hotel, los perseguían por la calle y llenaban todos los shows. ¿Te sorprendió tanta efusividad la primera vez que viniste?
–Definitivamente. Y las imágenes que se ven en End of the Century son las mías filmando desde dentro de la camioneta que nos transportaba. Recuerdo que cada vez que veníamos era una locura total. Había chicos esperando en la puerta del hotel, e incluso corrían varias cuadras a la par nuestra tratando de subir a los autos. Para nosotros fue algo sorprendente y realmente nos hacía muy felices. Era una de las razones por las que queríamos volver.
–Johnny y Joey mantenían una relación tensa y estrictamente profesional. ¿Cómo te parabas vos ante esa situación?
–Yo estaba siempre en el medio tratando de mantener la paz, pero Johnny le robó la novia a Joey y... así empezó la cosa. Joey intentó olvidarlo, pero todo lo que no contaba, se lo guardaba. Y vivió muchos años con el dolor interno de enfrentar y aceptar lo que había pasado. Pero nunca lo olvidó. La canción The KKK Took my Baby Away cuenta toda la historia de cómo Johnny se quedó con la novia de Joey. Si bien no aparece su nombre en el tema, él fue el verdadero vehículo de la canción.
–¿Joey era un tipo solitario?
–Bueno, en realidad Joey era un tipo muy reservado, no hablaba mucho de su vida privada y, además, era una persona muy tímida. Dee Dee era el que más hablaba, casi por todos nosotros, hasta que se volvió loco, pero un loco agradable, inofensivo. Y Johnny... bueno, era la persona que se encargaba de que todo funcionara, de que estuviéramos unidos y de que el proyecto nunca dejase de ser serio. Era una buen persona, pero muy confrontador.
–¿Todo se olvidaba arriba del escenario?
–Nunca dejamos que ningún problema interfiriera en lo que hacíamos sobre el escenario, porque sabíamos que los fans habían pagado para ver el show y nosotros teníamos el deber de entregarles lo mejor. Porque eso es lo más importante. Si alguien paga para verte, tenés que tocar.
–¿Qué se siente ser el último miembro original de la “familia Ramones”?
–Bueno, no nos olvidemos de Tommy. El hizo una carrera, pero no se dedicó al punk, ni volvió a tocar temas de los Ramones, sino que se orientó a la música bluegrass y ahora toca el banjo y no quiere representar más las canciones de los Ramones. Yo sí. ¿Qué es lo que creo? Que las canciones nuestras son tan buenas que se pueden seguir tocando y que tengo la obligación de, mientras viva, continuar con el legado. Por eso voy a estar en Buenos Aires.
–¿Qué relación tenían con los Sex Pistols?
–Tuvimos poca relación, ya que ellos sacaron un solo disco y duraron un año y medio, algo que mucha gente olvida. En cambio nosotros duramos veintidós años, así que nunca pudimos considerarlos rivales. Además, no éramos enemigos, al contrario. La única diferencia es que los Ramones fuimos cien veces mejores que los Sex Pistols. Hicieron un buen álbum, se convirtieron en la sensación de Inglaterra, y se acabaron.
–¿Pensás que el final de Sid Vicious estaba escrito?
–Sí, no hay dudas. Cuando él se mudó a Nueva York con Nancy, nos hicimos buenos amigos y salíamos bastante a ver bandas en el CBGB. Era un tipo divertido cuando estaba borracho, pero no podía parar su adicción. Sid continuaba bebiendo y drogándose mucho, lo que considero una pelotudez de su parte. Yo no estaba metido en esa historia y no me parecía bien que se arruinaran la vida de esa manera. Pero él, Dee Dee, Richard Hell y otros se inyectaban demasiada heroína. Creo que si no hubiera sido por eso hoy Sid estaría vivo cantando temas de Jerry Nolan y Johnny Thunders.
–¿Qué significó la Argentina para los Ramones?
–Me parece que uno debería estar agradecido de que existan países tan agradables y maravillosos como la Argentina. No había ninguna razón extraña, simplemente nos gustaba. Por eso siempre decidimos volver, volver y volver. Tanto para Joey, Johnny, Dee Dee, CJ y para mí, Argentina fue nuestro segundo hogar. Y lo va a seguir siendo.
* Marky Ramone toca el viernes 5 de octubre en El Teatro de Flores, Rivadavia 7806. A las 19.
sábado, septiembre 22, 2007
Send
Durante una de las últimas alarmas por los atentados de Al-Qaeda en Madrid, el editor en jefe de la agencia de noticias EFE intentó comunicarse con sus redactores por correo electrónico. No pudo. Tenía más de siete mil mensajes basura acumulados en el inbox o bandeja de entrada y, aunque los borraba a toda velocidad, se reproducían a una velocidad aún mayor. La mitad de los mensajes inútiles provenía de un joven empleado de la agencia. Informaba a sus amigos que estaría de viaje hasta fin de mes y que no leería su correspondencia. La otra mitad tenía su origen en un aviso similar de vacaciones enviado por el asesor de una fundación. El editor estaba en la libreta de direcciones de los dos y el mensaje, transformado en un eco sin freno, se multiplicó en los buzones sin que nadie pudiera detenerlo.
El inconveniente tardó días en conjurarse, y tanto el redactor como el funcionario, insultados por teléfono en sus retiros de verano, tuvieron que correr al cibercafé más cercano para cancelar el mensaje. El correo electrónico tiene apenas veinte años de vida, pero es ya una herramienta de diálogo y de negocios tan indispensable que es difícil imaginar la vida sin él. Permite buscar trabajo, inscribirse en las escuelas, recibir cartas de rechazo, comprar pasajes, organizar conferencias, aconsejar sobre tratamientos médicos, corregir exámenes, pedir préstamos, ofrecer disculpas, saber qué hacen los amigos en otras orillas del mundo.
También es una fuente inagotable de malentendidos, amores clandestinos y dolores de cabeza. Desde el principio, además, ha sido terreno propicio para la delincuencia. No hay habitante del espacio virtual que no haya recibido siquiera una vez, por más filtros y alertas que ponga en su sistema, ofertas de programas piratas, películas que no han sido estrenadas, recitales de música que se oyeron sólo una vez, por no mencionar los accesos a sitios de pornografía y a fiestas eróticas con trillizas.
Cualquier demostración de interés en esos comercios o en medicinas para el problema que sea –la depresión, el exceso de peso, la apatía sexual– puede caer aplastado por un diluvio de anuncios de la misma índole. Un sitio está ligado a otro, y éste a diez más, o a cien. El mundo virtual nunca duerme. Cuando es noche cerrada en Australia o Indonesia amanece en Chile y en California. Los e-mails son más vulnerables y accesibles que los viejos mensajes postales. Un hacker curioso puede abrir la correspondencia mejor guardada y exponer a la luz todos los secretos. Al menos una vez a la semana recibo mensajes enviados desde mi propio correo en los que me recuerdo a mí mismo amores ardientes que no he tenido, gano premios que no he ganado, me abrazo con amigos a los que no conozco, en lugares a los que nunca he ido. Un hacker podría seguir el hilo de esas cartas y, remontándose a la primera de todas, descubrir quiénes son el yo que, sin ser yo, me las hace llegar.
La mayoría de estos enigmas están aclarados en Send (Enviar), un manual de 250 páginas publicado a comienzos de septiembre en Nueva York. El comedido subtítulo lo presenta como “guía esencial para los e-mails en la oficina y la casa”. Y en verdad lo es. Abunda en lecciones de gramática, en datos históricos, en reflexiones sobre la conducta humana y en consejos para evitar errores fatales. A primera vista podría confundirse con un libro de autoayuda, pero va mucho más allá. Es una piedra de Rosetta en la que pueden leerse las drásticas y rápidas mudanzas que están sufriendo los signos en esta primera década del siglo XXI. Sus autores son David Shipley, editor de la página de Opinión de The New York Times, y Will Schwalbe, vicepresidente de la editorial Hyperion. Desde el arranque mismo de Send se enumeran los errores letales en que incurren los que envían e-mails sin pensarlo dos veces, al correr de las teclas. Ese es el riesgo. Una vez que se pulsa la orden de enviar ya no hay regreso. No se puede quemar el buzón ni suplicarle al cartero que no entregue el sobre. Los mensajes virtuales son como la muerte, el clic de Pandora, según los llama la periodista Janet Malcolm. Dante podría haber trazado un mapa nuevo del infierno con los pecados que se cometen por e-mail. Shipley-Schwalbe llevan al primer círculo los mensajes de jefes abusivos que les cobran a sus secretarias las cuentas de tintorería porque les mancharon los pantalones con ketchup o café, y al segundo las cartas imprudentes de empleados que preguntan a sus contactos permanentes de correo por el teléfono de una tal Rosa de Nor’wester Corp., con lo que desatan una cascada de preguntas y de mensajes telefónicos insolentes en la casa de Rosa. Y así. En el quinto círculo aparecen los esposos infieles, a los que sus mujeres descubren por una foto delatora que les llega por e-mail, o por un intercambio de mensajes fogosos con tal o cual compañera de trabajo. Hay cientos de matrimonios disueltos por un clic de Pandora apretado con imprudencia. Más en lo hondo del infierno están los espionajes legales de los servicios de inteligencia a los correos privados de los ciudadanos, y la revelación electrónica de un soborno político o de una fuente informativa. Al-Qaeda y Osama ben Laden también son protagonistas de la historia. El origen de sus dineros y dos o tres de sus conspiraciones fueron rastreadas y abortadas gracias al espionaje de sus e-mails. Send está lleno de curiosidades para los usuarios. Informa, por ejemplo, que el primer e-mail de la historia fue enviado por el Pentágono desde la Universidad de Los Angeles a la de Stanford. Decía solamente “Lo”. Esas dos primeras letras de Login (conectar) fueron las únicas en llegar a destino antes de que la computadora se atascara. Otro dato curioso, revelado en 2005 por dos investigadores del MIT, señala que, mientras que el 90 por ciento de los mensajes llegan en cinco minutos, el resto queda varado durante meses en el espacio virtual de ninguna parte. El universal signo @, que separa el nombre del usuario del sitio de Internet donde está ubicado su correo, se designa de manera diferente en casi todos los idiomas. En español es arroba, por la vieja unidad de medida y de masa; en inglés es at, la preposición que indica un lugar; en hebreo es shablul, que significa caracol; también se llama caracol en italiano, chiocciola; kukac o gusano en húngaro; y Xian Lao Shu o ratoncito en el mandarín de Taiwan. El jueves 13 de septiembre, cuando mi vecino Murray Steinberg celebraba el Año Nuevo judío, le llevé de regalo un ejemplar de Send. La familia de Murray es numerosa: cuatro hijos, dos nueras, tres nietos. Me sorprendió verlo comiendo solo en la penumbra del comedor. Le advertí que estaba de paso por sólo unos minutos y le entregué el libro. Casi me lo tiró por la cabeza. Me contó que había estado llevando un diario en el que escribía todo lo que pensaba. Ese día, aprendiendo el lenguaje de los e-mails, copió fragmentos del diario para mandárselos a sí mismo, con la idea de que si los ocultaba con una contraseña estarían más seguros. Oprimió la tecla equivocada y se los envió a toda la familia. Fue un error tonto y fatal. Al abrir sin querer la caja de Pandora, todos los males de su vida secreta le cayeron encima.
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION


